Pulso Laboral N°1

Índice

Presentación

Coyuntura Laboral: Principales Indicadores.

Normativa internacional
La Salud y Seguridad en el Trabajo son un Derecho Fundamental. Claudio San Juan

Sectores
Contra viento y marea. Trabajadores y sindicatos del sector audiovisual argentino y sus desafíos en la pos pandemia. María Noel Bulloni

Sindicales
Espacio Intersindical Salud, Trabajo y Participación de lxs Trabajadorxs. Construcción para la Prevención. Lilian Capone

Recursos
El OCT crea una nueva herramienta: el Repositorio Sindical de Condiciones de Trabajo.

Violencia Laboral
Convenio OIT 190 sobre violencia y acoso en el mundo del trabajo: conocer para actuar. Lali Feldman

Formación Sindical
La Formación en Condiciones y Medio Ambiente de Trabajo – CYMAT: Salud y Seguridad en el Trabajo para Delegadas y Delegados Sindicales. Gladys Zena

Teoría
Pensar la relación salud – trabajo. Federico Vocos

Seguridad Social
La paridad de género y la necesidad de crear un sistema integral de políticas de cuidados en la Argentina. Juliana Boli de Lebron

Internacional
CODEMUH: La lucha de la la salud de las mujeres hondureñas frente a la maquila. Entrevista a Maria Luisa Regalado.

Formación Profesionall
Brevísima historia de la formación para el trabajo en la Argentina. Tensiones y disputas en torno al proyecto de país. Armando Belmes

Movimiento obrero
Homenaje a Victorio Paulón

Índice de Fragilidad Social (IFS) 2° trimestre de 2021

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INDICE DE FRAGILIDAD SOCIAL (IFS)
2° trimestre de 2021

Las personas en situación de fragilidad social son aquellas que tienen altas probabilidades de caer en la pobreza en contextos socioeconómicos críticos. No son pobres, pero tampoco están integradas socialmente en forma plena. Mientras el concepto de pobreza hace referencia a una situación de privación efectiva y actual, la fragilidad alude al riesgo de empobrecimiento en el futuro. Hay frágiles por ingresos y frágiles estructurales, que no sólo posee bajos ingresos sino que, además, detenta ciertas características sociodemográficas y laborales altamente asociadas con la pobreza que incrementan sensiblemente sus chances de pasar a engrosar la población pobre en contextos económicos desfavorables.
Este trabajo analiza la incidencia y la evolución de la integración social y, particularmente, de la fragilidad social durante el período 2016-2021, a nivel nacional. El segundo trimestre de 2018 marca el inicio de un período de profundización de la fragilidad socioeconómica, y consecuentemente, del crecimiento de la Población No Integrada Socialmente (PNIS) en términos sociales. Dichos fenómenos responden a la crisis económica que se hace explícita a partir de la dinámica insostenible del sector externo, y a partir de la cual se produjeron tensiones en el mercado cambiario que finalmente derivaron en el primero de los episodios devaluatorios que marcaron el 2019.
En particular, entre el segundo semestre de 2018 y el segundo de 2019, la PNIS creció un 9,5 pp alcanzando al 58,6% de la población -valor máximo desde el inicio de la serie a ese momento-.Por tanto el impacto de la COVID-19 debe analizarse en el contexto de una situación socioeconómica caracterizada por el aumento de la Población No Integrada Socialmente durante un año y medio antes. Asimismo, la crisis sanitaria muestra su impacto fundamentalmente durante el segundo trimestre de 2020, cuando las disposiciones del Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio (ASPO) implicaron restricciones a la circulación bien estrictas. En ese período, 2t-2020, la PNIS asume en el valor más elevado de la serie, alcanzando el 66,4%: más de 6 de cada 10 residentes no se encontraban integrados en términos sociales con plenitud; y se ubicó 7,8 puntos porcentuales por encima del valor del 2t-2019.
Durante el tercer trimestre del 2020 y como consecuencia del relativo relajamiento de las restricciones a la circulación y la posibilidad de percibir ingresos de parte de la población que ante el confinamiento había estado privada de trabajar, la PNIS decreció al 59,4% aunque para el último trimestre del 2020, en el contexto de una aceleración de la dinámica inflacionaria que conllevó al deterioro de la capacidad de compra de los ingresos, volvió a ubicarse por encima del 66% (66,2%). Así, el inicio del año 2021 estuvo signado por una situación socioeconómica en la que nuevamente más de 6 de cada 10 personas eran indigentes, pobres o frágiles. Puntualmente, y respecto del último trimestre del 2019, crecieron las tasas de pobreza e indigencia en 1,9 y 5 pp, respectivamente, y creció también la tasa de fragilidad agregada en 1,3 pp -resultado de un aumento de la población frágil estructural de 2,2 pp y una leve reducción de la frágil por ingresos, en 0,9 pp-.
Para el segundo trimestre del 2021, que abarca una nueva y temporaria fase de restricciones a la circulación durante el mes de mayo, la Población No Integrada Socialmente alcanzó el valor del 63,7%. Es decir, 6 de cada 10 personas se encontraron en situación de no integración social de forma plena; 3 de esos 6 fueron pobres, 1 fue indigente y los 2 restantes resultaron frágiles. La tasa de fragilidad social ascendió al 22,2% de la población: la tasa de fragilidad por ingresos fue del 8,6% – 0,5 pp por encima del valor del 2t-2020- al tiempo que la tasa de fragilidad estructural alcanzó el 13,6% – 2,2 puntos superior al mismo trimestre del año anterior-.
Además, de la etapa que inicia con la recesión iniciada en abril de 2018 y hasta el último semestre móvil -que incluye primer y segundo trimestre del 2021- se desprende una relativa estabilidad en la proporción de la población que constituye el grupo de frágiles totales. Por tanto, el crecimiento de la Población No Integrada Socialmente que se verifica en ese período se explica por el crecimiento de la indigencia y la pobreza.
A ello debe adicionarse el hecho de que, al interior de la población frágil, la subpoblación de frágiles por ingresos presenta lógicamente mayor volatilidad que la población frágil estructural -cuyos valores mínimo y máximo de la serie son muy cercanos, del 12% y del 14,6% respectivamente-. De ambas regularidades señaladas, se desprende, entonces la potencialidad de las políticas de ingresos para favorecer una mayor integración social.

Impulsada por alimentos, la inflación alcanzó un 4,3% en febrero.

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Impulsada por alimentos, la inflación alcanzó un 4,3% en febrero.

En febrero, la inflación de las y los trabajadores se ubicó en 4,3%, lo que representa una aceleración de 0,1 puntos porcentuales respecto al 4,2% registrado en enero. De este modo, en los dos primeros meses del año, la inflación alcanzó un 8,7%. En tanto, en los últimos doce meses fue del 51,5%.
La inflación de febrero estuvo motorizada por los Alimentos y Bebidas, que subieron 6,5% luego de haberlo hecho en 5,8% en enero. Hubo una particular disparada de las verduras (+25,2%), la cual se registró en una diversidad de productos, tales como cebolla, zanahoria,
papa o tomate, entre otros. Las frutas subieron 8,6%, destacándose la naranja y la banana.
El pan y los cereales treparon 8,5%, traccionado por el pan francés (+12,5%). Vale tener en cuenta que estos valores casi no recogen las presiones inflacionarias derivadas del conflicto bélico entre Rusia y Ucrania, que dispararon el precio internacional del trigo a partir de finales de febrero. El pescado (+7,8%), las bebidas alcohólicas (+7,7%) y los aceites y grasas (+6,6%) también tuvieron un febrero particularmente inflacionario. Solo las carnes (+1,7%) permitieron amortiguar las fuertes subas registradas en el mes.
La segunda división con mayores alzas fue Equipamiento y mantenimiento del hogar, con un 4,3%, con alzas destacadas en productos de higiene y limpieza. Le siguen en orden Salud, que trepó un 4% adicional, Otros bienes y servicios (+3,9%), Comunicaciones (+3,9%), Transporte (+3,5%, hubo suba de naftas) y Recreación y cultura (+3,1%). Solo Vivienda (+2,6%), Educación (1,6%) e Indumentaria y calzado (+1,1%) registraron alzas por debajo del 3%.
En la segunda mitad del informe se detalla la situación de la actividad, el empleo y los salarios reales. La última parte de 2021 terminó con inflación elevada, pero también con un claro repunte económico y, más moderadamente, en el empleo y los salarios. A fines de
2021, la actividad económica alcanzó el mayor nivel desde marzo de 2018, apuntalada por la industria -en primer lugar-, pero también por la recuperación de la construcción, los hidrocarburos en Vaca Muerta, el comercio y algunos servicios como por ejemplo los informáticos. En el empleo formal privado, diciembre fue el mes en el que se retornó a la cantidad de puestos de trabajo formales asalariados privados previos a la pandemia. En tanto, el salario real a fines de 2021 se ubicó levemente por encima de los guarismos de fines de 2019.
No obstante, vistas en una perspectiva de más largo plazo, estas mejoras son muy débiles dentro de una tendencia de deterioro. El empleo formal privado ajustado por crecimiento poblacional está actualmente en el menor valor desde 2009 (solo por encima de 2020). En tanto, el salario real privado está 14,7% por debajo de 2013 y el público 20,4% por detrás del mismo año.

La inflación volvió a acelerarse en el primer mes de 2022: 4,2%

La inflación volvió a acelerarse en el primer mes de 2022: 4,2%

En enero, la inflación de las y los trabajadores se ubicó en 4,2%, lo que representa una aceleración de 0,3 puntos porcentuales respecto al 3,9% registrado en diciembre. De este modo, en los últimos doce meses, la inflación acumuló un 51,2%.
La inflación de enero estuvo particularmente influenciada por Alimentos y bebidas, que subieron 5,8% en el mes, acumulando así un 59,8% en los últimos 12 meses. Dado el gran peso que tienen los alimentos en la canasta de las y los trabajadores, la suba de precios de este rubro explicó el 46% de la inflación total registrada en el mes.
La gran mayoría de los rubros alimenticios subió por encima del 4% mensual, con la excepción de carnes (2,5%), aceites y grasas (1,6%) y bebidas no alcohólicas (3,3%). Las mayores alzas se produjeron en verduras (27,5%), lo cual se debe principalmente al tomate (76% el redondo), la lechuga (+32,6%) y la cebolla (+14,5%). Las bebidas alcohólicas subieron 8,2% (acumulando un 83,5% interanual), con la cerveza trepando 8,7% y el vino fino 8,1%. El vino ha registrado una muy intensa suba en el último año, con un rango que va del 127% en el vino fino al 148% al vino de mesa.
Además de los alimentos, destacan las subas del 5,1% en Educación, impulsada por los útiles escolares que subieron 14,5%. Recreación y cultura subió 4,4%, debido a la temporada alta turística, que incidió sobre precios de pasajes y hoteles.
Por debajo del nivel general, encontramos en primer lugar a Comunicaciones (3,7%), Salud (3,6%), Indumentaria y calzado (3,5%), Transporte (3,5%) y Otros bienes y servicios (3,5%). Solo Equipamiento y mantenimiento del hogar (2,8%) y Vivienda (2,1%) registraron alzas por debajo del 3%.
Así como los datos inflacionarios de los últimos meses son preocupantes, los de reactivación económica se muestran mucho más auspiciosos de lo previsto. 2021 finalizó con el mayor nivel de actividad económica desde 2017, en parte gracias a que las exportaciones -que alcanzaron el mayor nivel desde 2012- permitieron dar más aire al BCRA para acumular reservas en la primera mitad del año y, de este modo, habilitar las importaciones de insumos y maquinarias necesarias para una economía en crecimiento.
La industria, que había tenido un muy negativo desempeño en el período 2015-2019, mostró una sólida recuperación: diciembre pasado fue el mejor diciembre desde 2015, y con una producción industrial 15,9% superior a la de 2019. Tomando el conjunto del año 2021, la producción industrial terminó 7,1% por encima de la de 2019 e incluso 0,3% por arriba de la de 2018. Más allá de esta fuerte reactivación, aparecen interrogantes respecto a la continuidad de dicha mejora para 2022, toda vez que las reservas del BCRA (fundamentales para que la recuperación económica prosiga) están enflaquecidas. Será clave, en ese sentido, lo que ocurra con la cosecha agropecuaria (principal fuente de divisas del país) y con cómo se desenvuelva el acuerdo con el FMI.

En el plano del empleo, desde fines de 2020 se aprecia una recuperación sostenida del empleo asalariado formal privado, aunque a noviembre de 2021 todavía faltaban recuperarse 18.000 puestos de trabajo comparado contra febrero de 2020. Una mirada más profunda (tomando no solo el empleo formal sino también el informal y el cuentapropista) permite ver que en el tercer trimestre de 2021 se había recuperado el PBI de 2019, pero no todavía el empleo. La razón es que las ramas de menor productividad relativa (esto es, que contribuyen más al empleo que al PBI), estuvieron entre las más afectadas por la pandemia, como servicio doméstico y turismo y gastronomía. En contraste, las actividades de mayor productividad relativa (como industria, petróleo o minería, entre otros), y que contribuyen más al PBI que al empleo, tuvieron una reactivación muy clara.

Índice de Fragilidad Laboral (IFL) 2°trimestre de 2021

Al segundo trimestre de 2021 la fragilidad laboral alcanzó los 42,9 puntos a nivel nacional.

Llamamos fragilidad laboral1 a la distancia entre las condiciones deseables de la dinámica del mercado de trabajo y aquellas efectivamente vigentes, asumiendo que existiría un “modo ideal” de funcionamiento.
En ese sentido, el Índice de Fragilidad Laboral (IFL) describe la situación y evolución del mercado de trabajo argentino en los últimos años (2016-2021) a partir de la medición cuantitativa del grado de fragilidad. El IFL surge como un indicador compuesto y multidimensional que sintetiza tres dimensiones o sub-fragilidades:
(a) déficit de empleo (DE), definido como el grado de escasez de puestos de trabajo; (b) precariedad laboral (P), entendida como la calidad de la estructura de puestos de trabajo disponibles; y (c) pobreza e ingresos (PeI), que mide el poder de compra de los ingresos familiares en relación a la línea de pobreza (y su distribución).
Eso implica que para analizar la fragilidad agregada se mide la capacidad de la economía para generar los puestos de trabajo necesarios para absorber a la totalidad de la población activa; la calidad y modalidad de empleo predominante, en vínculo directo con la dinámica de los ingresos (y su distribución), y la evolución de la pobreza. Así, el IFL asume valores entre 0 y 1, donde 0 representa el escenario de no-fragilidad y 1 el de fragilidad crítica. Al multiplicarlo por 100 se interpreta como el nivel de fragilidad laboral en vigor (es decir, la distancia existente entre el escenario ideal de no-fragilidad -IFL=0- y las condiciones vigentes), medido en puntos.
El período analizado va del segundo trimestre de 2016 al segundo trimestre del 2021. Los resultados muestran que la fragilidad laboral inicia una tendencia al alza en el tercer trimestre de 2018, como resultado de la crisis macroeconómica que implicó devaluación del tipo de cambio y, consecuentemente, aceleración inflacionaria. Esto, a su vez, redujo la capacidad de compra de los ingresos, al tiempo que, al caer la actividad cayó también el empleo -en simultaneidad con el aumento de la participación de empleo informal-. De esta forma, el cimbronazo de la pandemia de la COVID-19 a inicios del 2020 se da en el marco de un mercado laboral signado por el déficit de empleo, una creciente precariedad laboral y la intensificación de la pobreza y desigualdad en los ingresos de la población trabajadora.
Al segundo trimestre de 2021 la fragilidad laboral alcanzó los 42,9 puntos a nivel nacional, lo que implica un aumento de 7,7 puntos porcentuales (pp) respecto a igual período de 2018, de 3,32 respecto al 2t-2019 y de 1 pp respecto al 2t-2020. De modo que se constata que la tendencia de creciente fragilidad iniciada a mediados de 2018 se intensifica con la irrupción de la pandemia.
Dicho valor indica que el funcionamiento del mercado laboral se encontró a 42,9 puntos del escenario de nula fragilidad, ubicándose un 2,5% (1pp) por encima del valor del segundo trimestre del 2020. En relación a lo acontecido un año atrás, destaca un significativo avance de la dimensión de Precariedad (+11,5 pp) y el aumento -aunque más acotado- de la de Pobreza e Ingresos (+1,6pp), que resultan parcialmente compensados por la disminución de la fragilidad ligada a la dinámica de Déficit de Empleo, que se reduce 9,9 pp.
Antes de continuar, es relevante hacer foco en dos puntos relevantes. En primer lugar, que los resultados no pueden disociarse del período de excepcionalidad que se encuentra atravesando el mundo a raíz de la pandemia de la COVID-19, así como tampoco puede interpretarse el contexto laboral sin considerar la profundidad de las reconfiguraciones en las jornadas laborales y los procesos de trabajo derivados de las disposiciones de distanciamiento social. En segundo lugar, que la interpretación de estos resultados no debiera omitir un estado de situación de fragilidad en ascenso durante al menos un año y medio previo a la irrupción de la pandemia. Es sobre ese marco que, aún cuando se estipularan medidas de protección del empleo -como el Decreto 329/2020 de prohibición de despidos y suspensiones, o el Programa de Asistencia de Emergencia al Trabajo y la Producción (ATP), Decreto 332/2020- constatamos que la crisis sanitaria y las disposiciones de aislamiento derivadas profundizaron las debilidades preexistentes, configurando un escenario crítico del mercado de trabajo.

1
Para más detalles metodológicos respecto de la construcción del IFL ver Anexo metodológico en Novick, M., Di Giovambattista, A. y Gárriz, A. (2019) ”Índice de Fragilidad Laboral en Argentina (2016-2019), https://pulsocitra.org/wp-
content/uploads/2019/11/IFL-Octubre-2019.pdf; y Anexo Presentación del Índice de Fragilidad Laboral en este documento

Monitor Laboral 2

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ISSN 2796-8529

Los usos del tiempo en la pandemia.
Análisis preliminar de los datos recolectados en una encuesta

Cora Arias,
Ana Paula Di Giovambattista y
Federico Vocos

En el presente informe se presentan los resultados de un relevamiento llevado a cabo por el Observatorio de Condiciones de Trabajo del CITRA (CONICET/UMET) sobre los usos del tiempo durante la pandemia. El objetivo de la investigación es analizar el impacto provocado por la situación sanitaria y el confinamiento en las representaciones sociales acerca del tiempo.
En marzo de 2020, la Organización Mundial de la Salud (OMS) estableció que el virus que afecta a diferentes países del mundo (SARS-CoV-2, de la familia de los coronavirus) debía definirse en términos de pandemia. El día 20 de ese mismo mes, el gobierno argentino, a través del Decreto 297/2020, dispuso el aislamiento social, preventivo y obligatorio (ASPO) que implicó el confinamiento de las personas en los lugares en los que se encontraban en ese momento. La medida tenía un doble objetivo: por un lado, resguardar la salud pública de la población y, por otro, mitigar el impacto sanitario provocado por la pandemia en un sistema ya en crisis. Como efecto no buscado, aunque sí previsible, se vieron trastocadas las condiciones de reproducción de la vida cotidiana de las personas, de su trabajo junto con la organización familiar, así como la paralización de la mayoría de los procesos de producción, circulación y comercialización.
Las consecuencias materiales que sobrevinieron a esa situación excepcional e inevitable se constataron inmediatamente: caída de la actividad económica, cierre de establecimientos, aumento de la pobreza y la indigencia, pérdida de puestos de trabajo, en un contexto dominado por decenas de miles de personas contagiadas y centenares de muertes por día. Pero las implicancias subjetivas de la pandemia y el necesario confinamiento no podían evaluarse frente a las urgencias de la crisis sanitaria y económica.
Recién ahora, habiendo transcurrido un año y medio del inicio de este proceso, con indicadores epidemiológicos muy favorables y algunos indicios de recuperación económica, podemos disponernos a indagar sobre las repercusiones en la subjetividad de una situación tan extraordinaria en la historia de la humanidad.
Con ciertos matices, tanto la etapa más estricta del ASPO como los meses de distanciamiento significaron la permanencia de las personas en sus hogares. La prohibición o restricción para circular, la imposibilidad de ir al trabajo o a la escuela, la inexistencia de encuentros sociales, forzaron la permanencia en un mismo espacio. En la pandemia, trabajar, estudiar y divertirse se realizan en un mismo lugar, el hogar. Esta situación inevitablemente modificó la cotidianeidad y alteró la subjetividad. Nuestra hipótesis es que, además, esa experiencia espacial transformó tanto las prácticas como las representaciones acerca del tiempo.
El espacio y el tiempo, en tanto que categorías históricas que articulan la vida social, están incrustadas en las prácticas materiales de los sujetos.  A pesar de la diversidad de clasificaciones y percepciones de estas categorías, existe un sentido englobante y objetivo para cada una de ellas que, sin embargo, se encuentra en constante disputa.
Las experiencias espaciales y temporales extraordinarias vivenciadas en el transcurso de la pandemia y el confinamiento se traducen en la proliferación de distintas percepciones sobre esas categorías estructurantes de la sociedad. Por eso, en esta investigación nos proponemos describir y analizar las representaciones sociales sobre los usos del tiempo durante la pandemia y el confinamiento.
Este estudio pretende ser un complemento de la Encuesta Nacional de Uso del Tiempo que se encuentra desarrollando el INDEC en el momento que estamos escribiendo este informe. En ese caso, se busca caracterizar la vida de personas de distintas edades y el tiempo que le dedican a las actividades que realizan dentro y fuera de los hogares: trabajo remunerado, las tareas domésticas y de cuidado a otros miembros del hogar, y las actividades personales (estas acciones incluyen desde comer y usar el celular, hasta trabajar, cuidar niñas y niños, limpiar, cocinar y reunirse con otras personas). Este relevamiento se basa en la Encuesta sobre Trabajo No Remunerado y Uso del Tiempo que se llevó a cabo durante el tercer trimestre de 2013.  El análisis de las representaciones sociales que presenta nuestro estudio constituye un marco analítico para acompañar los datos estadísticos que serán difundidos por los organismos públicos.

Monitor Laboral ISSN 2796-8529  Publicación del Observatorio de Condiciones de Trabajo del CITRA (CONICET-UMET).

Sarmiento 2058 CP (1044), CABA, Argentina [email protected] Teléfono +54 11 5354 6600

Monitor laboral N°1

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ISSN 2796-8529

El abordaje sindical de las condiciones de trabajo. Resultados de una encuesta realizada a sindicatos vinculados al CITRA

Autor: Federico Vocos

Se presentan aquí los resultados del primer relevamiento realizado por el Observatorio de Condiciones de Trabajo (OCT) durante los meses de agosto y septiembre de 2019. Este estudio plateado desde el Centro de Innovación de los Trabajadores (CITRA) tiene como principal propósito generar información con validez científico académica que pueda convertirse en una herramienta para las y los trabajadores en sus distintas
instancias de construcción sindical. Se trata centralmente de destacar la importancia estratégica de la información como un recurso para el diagnóstico y la acción sindical. El desarrollo de un Observatorio sobre Condiciones de Trabajo forma parte de los compromisos asumidos por el CITRA frente al CONICET en el marco del Proyecto de Unidad Ejecutora “Sistema de información, investigación y estudios para el movimiento
obrero”. El CITRA es una Unidad ejecutora de doble dependencia (UMET-CONICET), que se distingue por la incorporación en sus órganos de gestión a casi 50 sindicatos. Tiene como principio metodológico la construcción colectiva de conocimiento, resultando clave la revalorización del saber obrero a partir de su sistematización. Los distintos momentos de una investigación (elaboración de preguntas, los relevamientos y el análisis) son realizados en conjunto con las organizaciones sindicales. El propósito de este primer relevamiento de carácter continuo se orienta hacia la generación de información sobre distintos aspectos organizativos vinculados al abordaje de las condiciones de trabajo por parte de las organizaciones sindicales. También se realizó una primera aproximación a los problemas más frecuentes en los diferentes sectores y actividades.
A continuación, se exponen los resultados más destacados del relevamiento.

Monitor Laboral ISSN 2796-8529  Publicación del Observatorio de Condiciones de Trabajo del CITRA (CONICET-UMET). 

Sarmiento 2058 CP (1044), CABA, Argentina [email protected] Teléfono +54 11 5354 6600

Un premio para el salario mínimo (y aquí no ha pasado nada)

Observatorio Pulso

Por Fabián Amico

Los economistas David Card, Joshua Angrist y Guido Imbens obtuvieron el premio Nobel de Economía 2021. Los tres académicos tienen en común haber realizado un cambio metodológico con el uso de “experimentos naturales” en la investigación empírica de los efectos de la política económica. Card, en particular, se destacó por sus investigaciones sobre los efectos de la suba del salario mínimo sobre el empleo en un trabajo junto con Alan Kueger en 1994 ( Ver https://www.nber.org/papers/w4509).


Estos experimentos “naturales” intentan acercarse a los ensayos clínicos que evalúan, por ejemplo, la eficacia de nuevos medicamentos, separando de forma aleatoria a distintos grupos sometidos a pruebas. En ciencias sociales puede ser difícil o éticamente inadmisible la realización de estos experimentos. Pero se pueden utilizar situaciones surgidas de la vida real que luego pueden ser estudiadas para analizar relaciones de causa a efecto.


Es el caso estudiado por Card y Krueger. En 1992 hubo un aumento del salario mínimo de Nueva Jersey. Para evaluar el impacto de la ley sobre el empleo, compararon la situación del mercado laboral en la zona fronteriza entre los estados de Nueva Jersey (donde había aumentado el salario mínimo) y el de Pensilvania (donde se mantuvo sin cambios). Al focalizarse en una zona geográfica homogénea, encuestaron varios centenares de locales de comida rápida en Nueva Jersey y el este de Pensilvania antes y después del aumento. Estas investigaciones de Card y Krueger pudieron mostrar que la subida del salario mínimo no había generado un descenso del número de empleados. Incluso mostraron que el empleo había aumentado algo más en Nueva Jersey que en Pensilvania.


Es interesante describir sintéticamente la trayectoria de David Card entre la publicación del paper y la recepción del premio. Como escribió hace unos años Christopher Hayes en The Nation (Ver: https://www.thenation.com/article/archive/hip-heterodoxy/ ) los ortodoxos son un grupo muy unido y suelen penalizar a los que traspasan los límites. Hayes mostró cualquiera que se desvíe de la sabiduría convencional está en peligro de ser condenado al ostracismo.
Cuando Card, un economista entonces muy estimado de la Universidad de California, anunció los resultados de sus investigaciones fue casi de inmediato criticado por su herejía. El trabajo atrajo tal cantidad de críticas, que el propio Card abandonó en gran medida esa línea de investigación. En una entrevista de 2006, explicó su decisión de dejar el tema atrás de esta manera: “Posteriormente, me he mantenido alejado de la literatura sobre el salario mínimo por varias razones. Primero, me costó muchos amigos. Las personas que conocía desde hacía muchos años, por ejemplo, algunas de las que conocí en mi primer trabajo en la Universidad de Chicago, se enojaron o decepcionaron mucho. Pensaban que al publicar nuestro trabajo estábamos siendo traidores a la causa de la economía en su conjunto” ( Ver

https://www.minneapolisfed.org/article/2006/interview-with-david-card).

Ante reacciones como estas, el conocido economista Dani Rodrik llegó a preguntarse: “¿la economía neoclásica es una mafia?” ( Ver

https://rodrik.typepad.com/dani_rodriks_weblog/2007/05/is_neoclassical.html ). Quizás la palabra mafia suene exagerada, pero como admite Hayes hay algo similar a un código de La ley del silencio (u omertá en el lenguaje mafioso siciliano) dentro de la disciplina. De hecho, más recientemente empezaron a publicarse trabajos que cuestionaban el resultado de Card y Krueger. Por ejemplo, David Neumark emprendió casi una cruzada contra los resultados de Card y Krueger y encabezó una investigación alternativa. La justificación fue que en su estudio accedió a una base de datos mucho más rica que en los trabajos anteriores. Y obviamente la conclusión fue que aumentar el salario mínimo perjudicaba, en vez de beneficiar, a los trabajadores de menores recursos.


El trabajo se jactó de reivindicar lo que la teoría y el “raciocinio económico” vienen diciendo desde hace décadas: subir los salarios mínimos tiene un costo en términos de empleo. En verdad, Card y cia nunca se propusieron contradecir la teoría establecida, la cual nunca estuvo en tela de juicio. Las reacciones antes este resultado paradojal siguen la rutina de una larga lista de resultados empíricos “perversos” que luego serán explicados mediante la misma teoría. Es lo que viene ocurriendo en teoría económica desde Keynes: cada investigación relevante, cada caso “perverso”, es capturado por la visión dominante y de algún modo subsumido en el mismo cuerpo teórico. Lo irónico es que algunos analistas consideran esto como una prueba de que “no hay una sola voz en la profesión” y que realmente se confrontan enfoques alternativos.

¿Qué piensan los economistas de la corriente principal sobre el salario mínimo?


El profesor David Colander, en una actualización de un análisis realizado en 1987 en de “The Making of an Economist”, preguntó a los estudiantes de posgrado qué pensaban sobre varios temas económicos de seis programas principales. Uno está relacionado con sus opiniones sobre el salario mínimo: un tercio piensa que es malo, mientras que un poco menos de una cuarta parte piensa que está bien.
La tabla incluida en el libro (ver abajo) muestra las opiniones de entonces (1987) y las más recientes (2005), por fechas de publicación, sobre si el salario mínimo aumenta el desempleo entre los trabajadores jóvenes no calificados. La evidencia parece sugerir que en general no hay mucho cambio, con un 34% en ese entonces y un 33% ahora de acuerdo con la propuesta neoclásica convencional.

Fuente: David C. Colander, David Colander, Arjo Klamer, The Making of an Economist, Redux, Princeton University Press, 2007.

Pero, como sugiere Matías Vernengo ( Ver http://nakedkeynesianism.blogspot.com/2014/03/what-do-mainstream-economists-think.html ) , las razones del cambio de opinión, por pequeñas que sean, no están relacionadas con las fallas lógicas del modelo convencional. Ni siquiera parecería deberse a la evidencia creciente desde la publicación del análisis de Card y Krueger. Vernengo supone que ha sido la tremenda desigualdad de ingresos existente lo que ha influido en la inclinación de los estudiantes de rechazar las conclusiones de la teoría que se les enseña.
En síntesis, el trabajo de Card y Krueger no tuvo mayor impacto en la visión teórica imperante en la profesión, pese a que el resultado era desafiante e iba en contra de las predicciones de la teoría utilizando un procedimiento empírico difícil de cuestionar.


¿Y por casa?


A comienzos de 2010, los economistas Guillermo Cruces, Sebastian Galiani y Susana Kidyba publicaron un estudio empírico que analizaba el efecto de los cambios en los impuestos sobre los salarios y el empleo en Argentina ( Ver

https://www.cedlas.econo.unlp.edu.ar/wp/wp-content/uploads/doc_cedlas93.pdf ) . Los resultados revelaron que los cambios en las tasas de impuestos sobre el trabajo no tenían ningún efecto significativo sobre el empleo. Muy en línea con los resultados relativos al salario mínimo, las modificaciones en el costo de contratación (aportes patronales) no mostraban incidencia en el nivel de empleo.
Unos años después, Sebastián Galiani fue viceministro de Economía (entre 2017 y 2018) como segundo de Nicolás Dujovne. Sorprendente, en 2017 propuso una reforma del sistema de aportes patronales (una reducción) a fines de bajar los costos laborales y favorecer la contratación de trabajadores menos calificados ( https://www.infobae.com/economia/2017/11/02/el-cerebro-detras-de-la-reforma-impositiva-contesta-las-dudas-sobre-los-cambios-que-se-vienen/ ). Por si acaso, aclaremos: el Galiani de 2017 es el mismo de 2010…


Esto revela una suerte de inmunidad de la profesión frente a los resultados de investigaciones empíricas o históricas. De modo análogo a los resultados recolectados por Colander, aquí las opiniones sobre los efectos que los costos de contratación (salario mínimo, impuestos al trabajo, etc.) tendrían sobre el empleo no cambian, aunque sistemáticamente los resultados empíricos indiquen lo contrario.
De hecho, distintos estudios confirman que el fortalecimiento del salario mínimo fue uno de las causas de la mejora distributiva en distintos países de la región en años recientes. Pero fue más que eso. Frente al argumento de que el aumento del salario mínimo promovería la informalidad, una trabajo de Roxana Maurizio publicado por Cepal demostró que en tales países (como Argentina y Brasil, y con menor intensidad Uruguay) hubo un importante proceso de formalización al tiempo que el crecimiento del empleo se aceleraba y el salario mínimo aumentaba significativamente ( https://www.cepal.org/es/publicaciones/37208-impacto-distributivo-salario-minimo-la-argentina-brasil-chile-uruguay ) . Estos resultados confirman trabajos previos como el de Fernando Groisman, apuntado a investigar el efecto del salario mínimo en el mercado de trabajo. La evidencia aportada reveló que las modificaciones en el salario mínimo no contrajeron la demanda de empleo ni incentivaron la precariedad laboral ( https://ojs.econ.uba.ar/index.php/REPBA/article/view/407 ).

Salario mínimo y empleo en Argentina


Cuando se observa la evolución reciente del salario mínimo en términos reales se comprueba un desplome a partir de 2016 (ver gráfico abajo). En el mismo lapso, mientras el salario mínimo real se derrumbaba, el índice de empleo total también colapsaba.

La asociación empírica en las variaciones de cada variable (salario mínimo y empleo) no solo es alta (el coeficiente de correlación es 0.61), sino que es positiva: más empleo se relaciona con mayor salario (lo mismo ocurre con el salario real promedio).

¿Qué significa el salario mínimo?


La idea de un salario mínimo incorpora una dimensión ética y político-institucional en la estructura y el nivel de las remuneraciones de los trabajadores. Esto responde a una lógica subyacente de funcionamiento del sistema económico en el cual la distribución del ingreso (y los salarios reales) no son una variable determinada irreversiblemente por la tecnología y el mercado (las célebres curvas de oferta y demanda) sino que es una dimensión abierta a muy amplias influencias no solo económicas, sino también políticas y culturales.
Básicamente la parte que se llevan los trabajadores en el excedente generado no está predeterminada mecánicamente ni por la tecnología ni por el mercado, ni existe una relación sistemática y necesaria entre el crecimiento y la distribución. En este marco, dada una cierta estructura técnica de la producción, las tasas de beneficio aparecen inversamente relacionadas con la participación de los salarios en el ingreso, y la distribución suele ser un terreno de conflicto más que un mundo donde impera la armonía social.


El nivel de los salarios es así el resultado de una negociación cuyo resultado final depende del poder relativo de las partes y por ende está también muy influido por la orientación de los gobiernos, el momento del ciclo económico (auge o recesión) y las condiciones internacionales. En particular, el momento del ciclo económico es importante porque la trayectoria del nivel de actividad determina si el desempleo es más alto o más bajo, lo que puede condicionar de manera decisiva el poder de negociación de los trabajadores.


En un contexto tal, donde no existe una tendencia espontánea del mercado (oferta y demanda) hacia el pleno empleo, se pueden generar (y de hecho se generan) amplias segmentaciones en los mercados de trabajo, en particular puede producirse una desvalorización de los trabajadores menos calificados y una ampliación de la desigualdad intrasalarial.

Instituciones y economía

Del reconocimiento de esas “trampas de pobreza” nace la institucionalización del salario mínimo, usualmente en medio de grandes crisis (como la de los años 30 en Estados Unidos), dejando atrás para siempre la intocable “libertad de contratación”. Hoy es un instrumento vigente en prácticamente todos los países de mundo. Por definición, el salario mínimo introduce un punto de vista puramente moral en la formación de precios y se relaciona con el valor que la sociedad confiere al trabajo, y con la premisa de que ningún trabajador debe vivir en la pobreza.


Lo importante de destacar es que, a diferencia el enfoque convencional (o neoclásico) este punto de vista moral es posible de ser introducido, justamente porque el salario no tiene un valor de equilibrio que garantice el pleno empleo, y porque no existe a priori ninguna relación sistemática entre salarios y empleo. Si el punto de vista ortodoxo fuera correcto, entonces la fijación de un salario mínimo efectivamente sería una “distorsión” que conduciría a resultados artificiales (e insostenibles). Pero el mundo no funciona de ese modo.


Hay varios problemas con la historia convencional dominante (marginalista) sobre los efectos de los salarios mínimos. No existe razón para creer que las empresas contratarán más trabajadores cuando baje el precio de la fuerza de trabajo. El principio de sustitución factorial, en el cual se basa la teoría, no funciona y no existe relación entre la intensidad del uso de un factor de producción (trabajo) y su remuneración (salario real). En términos simples, no hay razón para contratar trabajadores, incluso si sus salarios son más bajos, si no hay demanda para los productos. Y si la economía está creciendo, el empleo tenderá a aumentar aún con salarios crecientes.


Además, en un mercado de trabajo crecientemente segmentado, con sectores informales cada vez más grandes producto de la crisis de los últimos años, la importancia del salario mínimo es mayor aún, ya que puede constituir una referencia para fijar un “piso” salarial y un cierto nivel estable en los mercados “secundarios” de trabajo (trabajadores informales, independientes, etc.). Card y Krueger observaron que en EE.UU. un aumento en el salario mínimo aumentaba el salario promedio y reducía las brechas salariales, produciendo una compresión de las diferencias en la zona baja de la pirámide distributiva y una reducción de la desigualdad salarial.

El salario mínimo como faro y propulsor


Varios economistas estructuralistas, como por ejemplo Carlos Medeiros ( Ver https://www.scielo.br/j/ecos/a/DLLqHvqcsdGHsRSfggvryMD/?lang=pt&format=pdf ) , han mostrado que el salario mínimo puede actuar como un “faro”, es decir, una referencia o piso para las remuneraciones de los trabajadores menos favorecidos, en especial trabajadores independientes, cuentapropistas, etc. Además, el salario mínimo actúa en tal caso como un factor de expansión de la demanda de esos sectores de trabajadores que, a veces, tienen como proveedores a los mismos trabajadores informales o independientes.

Por caso, si se observa la trayectoria de los salarios reales del sector informal que mide el Indec y se lo compara con el salario mínimo (también en términos reales), la correlación es muy cercana.

Así, a contramano de lo que mucha gente piensa, el salario mínimo parece tener una “eficacia” en el mercado de trabajo en Argentina e indudablemente es una herramienta válida, junto a otras, para promover el empleo, la expansión de los ingresos y la disminución de la desigualdad y la pobreza.
Y no solo en Argentina. Recientemente, el presidente de Estados Unidos Joe Biden decidió aumentar 50% en el salario mínimo que debe regir para los contratistas federales, beneficiando a cientos de miles de trabajadores, en un contexto más general de recuperación de los salarios y de reconstitución de los sindicatos y las instituciones laborales. Quizás esto ayude a comprender las razones profundas de la entrega de un premio a quienes hace casi treinta años se dieron cuenta que el salario mínimo no perjudicaba el empleo, aun cuando la teoría no haya cambiado y en la profesión sigan prevaleciendo prácticamente las mismas voces (o el mismo silencio) de siempre.

En Octubre, la inflación de las y los trabajadores se aceleró 0,3 puntos y se ubicó en el 3,3%.

En octubre, la inflación de las y los trabajadores se aceleró 0,3 puntos y se ubicó en el 3,3%.

En octubre, la inflación de las y los trabajadores se aceleró 0,3 puntos y se ubicó en el 3,3%. De este modo, en los primeros diez meses del año la inflación acumula un 40,7%. En tanto, la inflación interanual alcanzó el 51,8%, siendo el cuarto mes consecutivo en torno a ese guarismo. Si la inflación de las y los trabajadores se ubicara en el 3% mensual en los últimos dos meses del año, 2021 habría terminado con una suba de precios del 49,4%.
La inflación de Octubre estuvo motorizada en primer lugar por Educación (9,6%), lo cual se explica por las subas de cuotas tanto en escuelas primarias, como en secundarias y jardines. En segundo orden, se destacó Alimentos y bebidas con alzas del 4,7%. Vale acotar que el congelamiento y retrotraimiento de precios se produjo en la última parte del mes, de modo que el grueso de octubre estuvo marcado por subas preventivas de precios ante el cambio de autoridades en la Secretaría de Comercio. De esta manera, el impacto bajista debería notarse en la medición de Noviembre. Las subas más importantes se dieron en verduras (9,2%), aceites y grasas (7,1%) y bebidas no alcohólicas (7,0%). En tanto, las carnes (+2,4%) continúan subiendo por debajo del nivel general de precios.
La división Transporte se encareció 4,1%, impulsada por los autos cero kilómetro, cuyos precios continúan subiendo por encima de la media debido a la brecha cambiaria y la escasez de oferta. La suba del 6% en prepagas traccionó al alza la división Salud (3,8%), que en los próximos meses debería moderar sus subas a partir del acuerdo del gobierno con los laboratorios por el precio de los medicamentos.
Por debajo del nivel general encontramos a Equipamiento del hogar, con un 2,9%, al igual que la división Otros bienes y servicios. En tanto, la división Indumentaria y calzado trepó 2,1%, Recreación y cultura un 1,8%, Comunicaciones un 1,0% y Vivienda un 0,8%. En este último caso, las subas continúan siendo acotadas debido al congelamiento de tarifas de electricidad, gas y agua.
Por su lado, el salario real del sector privado formal se viene recuperando, aunque con una tendencia irregular y débil. Tras el desplome de los primeros meses de la pandemia, el poder adquisitivo ha tendido a recuperarse, aunque a un ritmo moderado. En Agosto de 2021, el salario real en el sector privado formal fue 1,4% mayor al de Diciembre de 2019. No obstante, esa fecha era un punto de referencia bajo en términos históricos, ya que en los cuatro años previos el salario real privado registrado se había retraído un 15,1%.

En septiembre, tras dos meses por debajo del 3%, la inflación volvió a alcanzar el 3%.

En septiembre, tras dos meses por debajo, la inflación volvió a alcanzar el 3%.

Tras dos meses debajo de la franja del 3%, la inflación de las y los trabajadores volvió a cobrar impulso en septiembre y se ubicó en el 3,0%. De este modo, en los primeros nueve meses del año la inflación acumula un 36,2%. En tanto, la inflación interanual alcanzó el 52,1%, siendo el tercer mes consecutivo en torno a ese guarismo. Si la inflación de las y los trabajadores continuara en el 3% mensual en lo que resta del año, 2021 habría terminado con una suba de precios del 48,8%.

La inflación de septiembre estuvo motorizada por Alimentos y bebidas, que subieron 4,4% y explicaron el 47% de la suba de precios del mes del conjunto de bienes y servicios. Destacaron subas en pan y cereales, verduras y frutas. Como dato positivo, se destaca la moderada inflación de carnes (1,1%), rubro que pudo estabilizar sus precios en los últimos meses (subió 3,3% acumulado desde junio).

En segundo lugar, Otros bienes y servicios subió 3,8% en septiembre, por alzas en peluquería para hombres, jabones de tocador, cigarrillos y papel higiénico. Indumentaria y calzado y Salud se encarecieron 3,7%. En este último caso, las subas estuvieron motorizadas por las prepagas (+9%). Transporte subió 3,5%, debido a alzas de vehículos cero kilómetro (en un contexto de creciente brecha cambiaria y problemas de oferta) y en pasajes de avión de cabotaje (debido a que las reaperturas están impactando en una rápida aceleración de la demanda). Enseñanza trepó 3,0%, lo cual se explica mayormente por útiles escolares, cursos de apoyo, de idiomas y de enseñanza artística.

Por debajo del nivel general encontramos en primer lugar a Recreación y cultura (+2,7%, con subas superiores al 12% en juguetes). Equipamiento y mantenimiento del hogar trepó 2,0%. Se trata de un rubro que venía teniendo subas mayores a la media en el último año; la moderación de septiembre se explica en parte por los muebles, que subieron 1,2%. En tanto, Vivienda (0,3%) y Comunicaciones (-0,1%) prácticamente no tuvieron movimientos. En el caso de Vivienda, ello se debe a la estabilidad en las tarifas de servicios públicos de electricidad, gas y agua; en tanto, en Comunicaciones no hubo mayores variaciones ni en los servicios ni en los equipos de telefonía. Vale destacar que en agosto esta división había sido la de mayores subas de toda la canasta, de modo que la estabilidad de este mes en parte compensa dichas alzas.

En la segunda parte del informe se detalla la evolución del salario real en el sector privado registrado. Se toman dos métricas: el salario promedio y el salario mediano. Mientras que el primero muestra una tenue tendencia a la recuperación (ubicándose 1,2% por encima de diciembre de 2019), en el salario mediano el escenario es de estancamiento en el último año (e incluso caída frente a fines de 2019). La razón de ello tiene que ver con que la evolución salarial de los trabajadores de menores ingresos (que inciden más en la mediana que en la media) fue más desfavorable que la de los de mayores ingresos. Esta tendencia en rigor es previa a la pandemia, pero se consolidó en los últimos meses. Dos razones posibles detrás de este peor comportamiento relativo del salario mediano respecto al salario medio tienen que ver con que la pandemia impactó relativamente más en sectores de menores salarios (como por ejemplo hoteles y restaurantes) y, a su vez, en las PyMEs, en donde las remuneraciones son por lo general inferiores a las firmas grandes.