La montaña rusa del mercado de trabajo bajo la pandemia

La montaña rusa del mercado de trabajo bajo la pandemia

Autor: Fabián Amico

 

Muy tempranamente, la economista postkeynesiana Joan Robinson sostuvo que el nivel de empleo en la economía se determinaba como la suma del empleo determinado por la demanda efectiva y el nivel de desempleo disfrazado. ¿Qué significa que el nivel de empleo es determinado por la demanda efectiva? La idea (keynesiana) es que en una economía capitalista se tiende a producir lo que puede ser vendido rentablemente. Por ende, el aumento del gasto total en esa economía (demanda efectiva) define cuánto se producirá. Luego, para producir esa cantidad deberán ser contratados cierta cantidad de trabajadores, lo que determinará el nivel de empleo total o agregado en esa economía. La relación entre nivel de actividad y empleo no es directa o lineal, pero en tendencia existe una relación positiva: cuando aumentan la demanda y el producto, tiende a aumentar el nivel de empleo.

Muy bien. ¿Pero qué sería el desempleo «disfrazado»? Robinson definió el desempleo disfrazado de la siguiente manera. Ella pensó en el caso de una sociedad donde no existe seguro de desempleo o programa social alguno para los sectores desprotegidos. En tal caso, las personas que se queden sin trabajo deben ganarse la vida de una forma u otra por su propia cuenta. Así, Robinson se dio cuenta que, en general, una disminución en la demanda efectiva (gasto) que reduce la cantidad de empleo en la economía no necesariamente conduciría al «desempleo» en el sentido de completa inactividad, sino que desplazaría a los trabajadores (despedidos) a una serie de ocupaciones de baja productividad (como vender cosas en la calle o similares). Concluyó que una disminución en un tipo de empleo («formal» diríamos hoy) conduce a un aumento en otro tipo de empleo («informal») y, a primera vista, podría parecer que una disminución en la demanda efectiva no causara ningún desempleo.

La causa de este desvío de trabajadores hacia ocupaciones precarias y de baja productividad sería una disminución de la demanda efectiva y del ritmo de actividad económica, que es exactamente lo mismo que causa el desempleo en el sentido habitual. Por eso, Robinson describió el empleo precario de los trabajadores despedidos como «desempleo disfrazado».

Obsérvese que esto no tiene nada que ver con las capacidades (reales o potenciales) de los trabajadores desplazados. En verdad, es la falta de vigor del crecimiento lo que los desplaza. Para Robinson, si el nivel de demanda efectiva  fuera mayor, los puestos de trabajo del sector más precario desaparecerían, y con ellos bajaría el desempleo disfrazado.

Los economistas británicos John Eatwell y Murray Milgate en su The Fall and Rise of Keynesian Economics, siguiendo la línea de Robinson, presentaron un ejemplo dramático de la flexibilidad a mediano plazo de la fuerza laboral. Fue el caso del notable aumento del empleo de mujeres en Gran Bretaña durante la Segunda Guerra Mundial. En respuesta a la muy alta demanda de mano de obra, la población total empleada aumentó en 2,9 millones (14,5%) entre 1939 y 1943. El 80% de ese aumento consistió en mujeres que no habían estado empleadas anteriormente o que habían estado dedicadas a tareas de cuidado del hogar. Sin embargo, se alcanzaron rápidamente niveles de productividad comparables (o incluso superiores) a los niveles alcanzados por la primera mano de obra predominantemente masculina.

Este ejemplo sugiere que la definición de desempleo disfrazado debería ampliarse para cubrir la inactividad, cuyo grado es una función del ritmo de crecimiento de la demanda efectiva. Por caso, Eatwell y Milgate mostraron que la persistencia de altos niveles de desempleo masculino en Gran Bretaña desde la década de 1970 provocó que un gran número de hombres se retirara por completo de la fuerza laboral. De este modo, un aumento del desempleo disfrazado es claramente una pérdida de recursos, ya que la mano de obra se desempeña a un nivel de productividad muy por debajo de su verdadero potencial.

¿Qué tiene que ver esto con la Argentina?

Existen varias formas de percibir ese desempleo «disfrazado». Una es la de aquellas personas que aunque tienen empleo siguen demandando trabajo, otra, las diversas medidas de subocupación de la fuerza de trabajo; una tercera, el tamaño de la población inactiva (que no participa del mercado de trabajo); la última, el tamaño y la evolución del sector informal.

Es interesante observar cómo evolucionó el tamaño del sector informal en Argentina en relación con el ritmo de crecimiento de la demanda y el producto. Como se observa en el gráfico siguiente, el nivel de informalidad (entendida simplemente como asalariados sin descuentos jubilatorios) se redujo sistemáticamente desde fines de 2003 hasta comienzos de 2015. El nivel máximo se alcanzó en la segunda parte de 2003 con 49,5% de informalidad del total de asalariados y en el primer trimestre de 2015 se registró el mínimo histórico (31,9%).

Fuente: Encuesta Permanente de Hogares, INDEC

A esa etapa de reducción de la informalidad siguió una nueva fase de estancamiento con una tendencia al aumento que se acentuó desde fines de 2018 y se prolongó hasta fines de 2019. Nótese que esta segunda fase coincide con una etapa de bajo (o nulo) crecimiento económico que desde 2017 se convierte en recesión. Desde comienzos de 2020, y con la irrupción de la pandemia, ingresamos en una tercera fase, en la cual se produce -como veremos enseguida- una reducción abrupta de la informalidad debido sencillamente a que se destruyó mucho más empleo informal que formal.

Siguiendo a Joan Robinson, podemos afirmar que en 2003 existía, además del desempleo «abierto» o registrado, un enorme desempleo «disfrazado». La depresión económica producida en el final de la convertibilidad había llevado el desempleo a niveles muy elevados, forzando a mucha gente a procurarse ocupaciones informales y precarias. Casi el 50% de los trabajadores asalariados se hallaban en esa situación en 2002/2003, mientras en 1994 eran 28% del total. En todo ese periodo, la tasa de desempleo había pasado de 13% en 1994 a 22,1% en 2002. Por ende podemos afirmar, siguiendo la lógica antes expuesta, que el «verdadero» desempleo era considerablemente más alto.

En la segunda etapa, el proceso de crecimiento persistente abierto en 2003 produjo varios resultados al mismo tiempo: redujo la tasa de desempleo (del 22% en 2002 al 6,5% en 2015) y también redujo el desempleo «disfrazado» oculto en la informalidad (del pico de 49% en 2002 al mínimo de 32% a comienzos de 2015).

Desde 2015 en adelante esta tendencia se revierte. No solo se instala una tendencia al aumento del desempleo a partir de fines de 2017, siguiendo la declinación del nivel de actividad. Además, incluso hasta el primer trimestre de 2020 el empleo asalariado informal crece más que la ocupación en el sector formal (que, de hecho, destruye empleo).

Otra vez se confirma la predicción de Robinson: cuando la demanda efectiva y el crecimiento se ralentizan, aumenta el desempleo «disfrazado» con empleos precarios e informales. Como se aprecia en el gráfico siguiente, esto venía ocurriendo desde la primera mitad de 2017 (la línea roja está siempre por encima de la azul hasta la pandemia). Así, mientras la economía se estancaba y retrocedía, la informalidad aumentaba, limitando el aumento del desempleo registrado pero expandiendo el desempleo «disfrazado».

Fuente: Ministerio de Economía e INDEC.

En verdad, un aumento muy grande de la tasa de desempleo es un fenómeno transitorio. Además del desempleo oculto que acaba limitando el aumento de la tasa de desempleo ante una caída de la demanda efectiva y de los niveles de empleo industrial, lo que termina ocurriendo cuando se estanca el crecimiento de la actividad y el empleo es que, a partir de cierto momento, el comportamiento de la población en edad de trabajar (la oferta de trabajo) comienza a cambiar.[1]

Así, en un período de caída de la demanda efectiva, además del desempleo disfrazado, la propia fuerza de trabajo se adapta a las oportunidades de empleo a través de procesos como la inmigración, los cambios en las tasas de participación de ciertos segmentos de la sociedad (jóvenes y mujeres) que eventualmente terminan abandonando la fuerza laboral, ya sea por efecto de desánimo u otras causas.

En este sentido, una medida más amplia de desempleo podría comprender además del desempleo abierto, aquellos grupos sociales que tienen insuficiencia de horas trabajadas o incluso de los ocupados que aún demandan empleo. Esta tasa más «amplia» de desempleo según el Indec era de 39,9% de la población activa en el primer trimestre de 2020 y aún alcanzaba al 38,6% en el primer trimestre de 2021.

Argentina: la montaña rusa del empleo

De este modo, en el momento previo a la irrupción de la pandemia, el mercado de trabajo presentaba claros síntomas de debilitamiento, con aumento del desempleo registrado y oculto, así como de las ocupaciones informales de baja productividad e ingresos. Tomando en cuenta este cuadro podemos entender mejor lo que ocurrió bajo la pandemia utilizando las tasas e indicadores del mercado de trabajo según los últimos datos publicados por el Indec (correspondientes al primer trimestre de 2021).[2]

Los indicadores laborales bajo la pandemia

(en % de la población total y de la PEA)

Fuente: Elaborado en base a Indec.

Como se observa en el gráfico previo, en los 31 aglomerados urbanos (donde habitan casi 29 millones de personas) entre el primer y segundo trimestre de 2020, unos 2,49 millones de personas perdieron su empleo. En el mismo lapso, la población activa (esto es, la población ocupada o que busca activamente empleo) cayó en 2,45 millones de personas. Por ende, pese a que se destruyeron casi 2,5 millones de empleos, la cantidad de desocupados en esos aglomerados aumentó «solo» en unas 40 mil personas.

Sin embargo, en ese mismo periodo, casi 2,5 millones de personas abandonaron la población activa. Muchos de ellos no salieron a buscar empleo porque las actividades donde podían conseguir trabajo estaban cerradas o porque pensaron que no podía encontrar nada en un contexto tan crítico. Al no buscar activamente empleo, las encuestas no los registraron como desocupados. Estos desalentados que abandonaron la población activa a causa de la pandemia eran muchos de los desempleados «disfrazados» u «ocultos» generados en la etapa previa a la pandemia. Así, la pandemia no hizo sino revelar lo que estaba oculto: la fragilidad creciente del mercado laboral y el tamaño del desempleo disfrazado.

Como es claro en el gráfico «Dinámica del empleo, informalidad y crecimiento», el grueso de la destrucción de empleo en la pandemia afectó al sector informal, que había crecido en el periodo previo de estancamiento y declinación de la demanda y el producto. Un estudio reciente muestra que un proceso muy similar tuvo lugar en un conjunto de 14 países de América Latina, en el segundo trimestre del año pasado la cantidad de ocupados disminuyó en 46 millones, pero los desocupados registrados aumentaron «sólo» en 4 millones respecto del primer trimestre. Este proceso se dio con mucha claridad en Brasil, como explica la economista brasileña Julia Braga.

Sin embargo, esa situación se fue revirtiendo bastante rápidamente en Argentina en tanto la economía se recuperaba, al punto tal que en el primer trimestre del corriente año el cuadro laboral, según estos indicadores, era casi idéntico al del primer trimestre del 2020. Puesto en otros términos, la pandemia generó una suerte de montaña rusa en el mercado de trabajo (con vertiginosos movimiento de expansión y contracción) para dejarnos prácticamente igual que al final del gobierno de Macri. Obviamente las políticas que el gobierno puso en marcha en medio de la crisis fueron un factor decisivo para conseguir esa reversión de la tendencia.

¿Todo quedó igual?

Sin embargo, no todo quedó igual que en la etapa previa a la pandemia. Ante todo, conviene subrayar que esta montaña rusa del empleo no resultó neutra en términos distributivos y de ingresos. La irrupción de la pandemia y el confinamiento de abril-2020 frenaron una recuperación salarial que venía tomando forma desde el inicio del gobierno justo en momentos en que se producía un nuevo ciclo de aceleración inflacionaria. La pandemia llevó a un inédito resultado: una contracción del salario nominal en los meses de abril y mayo de 2020.

Fuente: Elaborado en base a Ministerio de Trabajo e Indec.

Como se muestra en el gráfico previo, los salarios nominales pasaron de crecer 8,5% mensual (contra una inflación mensual de 2,3%), a caer en términos nominales -0,2% por mes en abril y mayo, cuando la inflación cayó solo a 1,5% mensual. Esta abrupta desaceleración del aumento del salario nominal (que es el instrumento de los trabajadores para obtener aumentos reales) estuvo muy asociado al cambio en las condiciones de negociación salarial: de repente el empleo se transformó en la prioridad y el estado del conflicto cambió sustancialmente, postergando para un futuro incierto la recuperación salarial. Asimismo, una tendencia subyacente más poderosa, el aumento persistente del desempleo registrado (que pasó de una zona del 6,5% en 2015 a moverse en torno al 10% al final de 2019), también contribuyó al debilitamiento general del poder de negociación salarial.

Adicionalmente, para observar mejor la situación actual del mercado de trabajo, podemos comparar las dos fotos (cuadros de situación) vigentes en el primer trimestre de 2021 en relación al mismo periodo de 2020 (es decir, el instante previo a la irrupción plena de la pandemia). Podemos apreciar mejor las tendencias generales con la ayuda de un gráfico que compare las cifras totales del primer trimestre de 2020 y el mismo periodo de 2021.[3]

El cuadro laboral general tras la pandemia

(en miles de personas)

Fuente: Elaborado en base a Indec.

Como se ve, la cantidad de desocupación abierta (o registrada), de población activa (PEA) y de ocupados es muy similar. Sin embargo, podemos puntualizar los siguientes cambios:

i) la población activa (PEA) cayó en 102 mil personas como resultado de la disminución del desempleo (-39 mil) y una reducción de la ocupación (-63 mil);

ii) el nivel de ocupados asalariados, al primer trimestre de 2021, era menor que en 2020 (-233 mil) al tiempo que se registraba una aumento del empleo no asalariado (+170 mil personas, en especial cuentapropistas). El resultado neto es la pérdida ya mencionada de 63 mil empleos.

iii) la reducción del empleo asalariado fue resultado de la destrucción de empleos asalariados informales. Mientras el empleo asalariado formal creció (+141 mil) los puestos informales disminuyeron mucho más (-374 mil), lo que resulta en la pérdida de 233 mil empleos asalariados;

iv) hubo un aumento del empleo no asalariado de 170 mil personas (en especial, de los trabajadores por cuenta propia), lo que restando la pérdida de los 233 mil empleos asalariados, resulta en la reducción de la ocupación total (63 mil puestos) que son trabajadores que aún permanecen en la inactividad.

v) hubo un aumento de la incidencia del empleo no asalariado en el total de las ocupaciones (del 26 al 28%), un segmento donde predominan los trabajos informales. 

En síntesis, el mercado de trabajo está regresando a los niveles registrados en la etapa inmediata previa a la pandemia, pero las heridas producidas por la crisis del Covid-19 no han desaparecido por completo. Hay un cambio de composición a favor de los empleos no asalariados, donde predominan las ocupaciones informales (es decir. un aumento del desempleo oculto). Asimismo se observa la misma tasa de desempleo (en torno al 10% de la PEA) y la posibilidad de que, ya sea por la recuperación del empleo asalariado informal o por la potencial irrupción de los inactivos, el nivel de desempleo baje muy lentamente (más aún si la economía disminuye su ritmo de crecimiento). En cierto sentido, la pandemia puso en primer plano la creciente fragilidad y precariedad del mercado laboral y, en especial, el tamaño del desempleo oculto o «disfrazado», revelando que puede llevar más tiempo de lo esperado revertir los efectos que produjo en el mercado laboral la debacle económica del gobierno anterior y su prolongación bajo la pandemia.


[1] Los economistas neoclásicos o marginalistas, que constituyen el mainstream de la profesión, suelen argumentar que, a nivel empírico, el hecho de que las tasas de desempleo abierto no tiendan a aumentar indefinidamente sería una confirmación de la visión neoclásica tradicional de que el aumento de la oferta de trabajo terminaría generando, a través de la flexibilidad (baja) del salario real, un aumento de la demanda de trabajo. En realidad, como observaron muchos economistas heterodoxos, ocurre lo contrario: es la propia oferta de trabajo la que acaba por adaptarse a las oportunidades de empleo.

[2] Las tasas de empleo, actividad y desempleo se estiman sobre el total de 31 aglomerados urbanos.

[3] Se consideran los datos de la EPH para 31 aglomerados urbanos.

La inflación de las y los trabajadores se volvió a desacelerar en junio

Anotó un 3,3% (0,4 puntos por debajo del registro de mayo y 0,8 inferior al del de abril). De este modo, acumuló un 24,9% en el primer semestre del año. Pese a la desaceleración mensual, la inflación interanual volvió a acelerarse y superar el 50% (50,3%). La razón de ello tiene que ver con que salen del cómputo meses de inflación moderada (como abril, mayo y junio de 2020) e ingresan meses en donde la inflación fue bastante más elevada.
Comunicaciones fue la división de mayor incremento en junio, con un 7,1%. Se explica por alzas del 8,2% en telefonía celular y del 6,1% en internet. En segundo lugar, Recreación y cultura anotó un 5,4% adicional, por la suba de paquetes turísticos tanto al exterior como de cabotaje (39,7% y 41,8%) en la previa de las vacaciones de invierno (y tras el relajamiento de las restricciones de mayo). Equipamiento y mantenimiento del hogar se encareció 3,8% en junio. Si bien los muebles (+2,8%) y los electrodomésticos (+0,8%) se desaceleraron (gracias al menor ritmo de depreciación del peso), la suba de la división se explicó en buena medida por subas del 12% en el servicio doméstico.
Alimentos y bebidas volvió a subir por encima de la media en junio (3,5%). Explicado por el fin del programa Precios Máximos anunciado el 8 de junio, que será reemplazado por la canasta “Súper cerca” (que incluye 70 productos con precios impresos en el envase, orientados mayormente a comercios de proximidad). El fin de Precios Máximos fue de la mano con subas de precios en rubros alimenticios que habían tenido relativamente pocos aumentos desde el inicio de la pandemia, como lácteos e infusiones (que subieron por encima del 6% en junio). Las carnes treparon 4,5% en junio, y a pesar del cierre de exportaciones por 30 días iniciado a fines de mayo. En tanto, las frutas y verduras permitieron descomprimir el índice, con bajas respectivas del 4,5% y el 5,6% por motivos estacionales.
Por su parte, Vivienda trepó 3,4% en junio, tanto por alquileres (3,3%) como por subas en gas natural pautadas para junio. Otros bienes y servicios también subió 3,4% en junio, impulsados por los cigarrillos (7,9%).
Por debajo del nivel general, encontramos a Salud (2,6%), lo cual se debe a alzas del 4,9% en medicamentos. Por último, las subas más moderadas se registraron en Indumentaria y calzado (1,4%), Educación (1,3%) y Transporte (1,0%). Este último rubro desaceleró su suba de precios gracias a la estabilidad en el precio de las naftas, que habían siendo impulsoras de la inflación desde fines del año pasado.
En tanto, en las últimas semanas el INDEC dio a conocer datos relevantes de empleo y actividad económica. Los datos referidos al primer trimestre del 2021 fueron mejores a lo esperado, con una tasa de desocupación similar a la previa a la pandemia y con una recuperación significativa del empleo. Sin embargo, dicha recuperación fue asimétrica entre géneros, con los varones mejorando su situación ocupacional mucho más rápidamente que las mujeres. No obstante, los datos del segundo trimestre del año muestran un impacto considerable de la segunda ola en la actividad económica (aunque mucho menos profundo que el de la primera). La actividad económica se contrajo 1,2% mensual en abril, y la industrial lo hizo en 5% en mayo. Con todo, los primeros datos disponibles de junio (producción automotriz y despachos de cemento) muestran mejoras respecto a abril-mayo. De cara a la segunda mitad de 2021, que acaba de comenzar, la pregunta fundamental será cuándo la economía logrará retornar a los niveles prepandemia. Eso dependerá en buena medida de lo que ocurra con el poder adquisitivo de los salarios, que son un motor fundamental de la demanda en una economía en donde el consumo supera el 60% del PBI. En este sentido, la reapertura de paritarias podría permitir recuperar más rápidamente el alicaído poder adquisitivo y dar impulso a la demanda en los meses que siguen.

Sobre la inflación como objetivo excluyente de política económica (Por Fabián Amico)

Sobre la inflación como objetivo excluyente de política económica

Por Fabián Amico (IET CITRA-UMET)

Existe un consenso entre los economistas convencionales acerca de que una inflación baja es siempre mejor (usualmente un dígito) y que la reducción de la inflación sería un objetivo excluyente de política económica (por encima, por ejemplo, del pleno empleo). Además, muchos economistas ortodoxos argumentan que la inflación afecta mucho más a los pobres. Por lo tanto, en términos de distribución de la riqueza, una inflación muy baja debería ser una prioridad. Esto no deja de ser cierto en algunos casos, pero es falso como caso general.

Para indagar sobre este punto resulta muy interesante un trabajo reciente ( Ver Zack, Guido, Schteingart, Daniel, & Favata, Federico. (2020)) que reconstruye una serie completa (y comparable) del índice de pobreza para Argentina. Como se puede observar en el gráfico siguiente, es evidente que entre 2003 y 2013 la pobreza se fue reduciendo persistentemente pese a que la inflación mantuvo una tendencia creciente y se fijó en dos dígitos desde 2006 en adelante. Luego, entre 2014 y 2017 la pobreza se estabilizó, aunque con oscilaciones muy marcadas por las devaluaciones de la moneda. Finalmente, la tendencia se revirtió en 2018 y de allí en más aumentó considerablemente.

Fuente: elaborado en base a Zack, Schteingart & Favata (2020) e Indec.

¿Qué piensan los trabajadores sobre la inflación?

Sin embargo, los resultados de algunas investigaciones parecen poner en tela de juicio la sabiduría convencional. Hace unos años, el economista Arjun Jayadev revisó encuestas sobre las preferencias de la gente con respecto a la inflación y el desempleo(ver Arjun Jayadev 2006). Mientras que las investigaciones anteriores se habían focalizado en si a la gente le gustaba o no la inflación, Jayadev investigó una pregunta más apropiada: ¿cuál problema se considera más serio: la inflación o el desempleo? Jayadev encontró que las personas que se ubican en las zonas más bajas de la distribución del ingreso (los más pobres) percibían el desempleo como algo más grave que la inflación, mientras ocurría lo contrario con las personas ubicadas en las zonas más altas de la distribución.

En un estudio posterior (ver Arjun Jayadev 2007 ), Jayadev encuentra resultados similares cuando divide las muestras por clase social y no por grupos de individuos. Al realizar una evaluación sobre una muestra de 27 países de las «preferencias de clase» hacia la política antiinflacionaria y el desempleo, halló que la clase trabajadora definida en términos generales (en particular los trabajadores menos calificados) tienden a priorizar la lucha contra el desempleo por encima de la lucha contra la inflación. ¿Acaso los trabajadores se equivocan o tienen una conducta irracional al privilegiar la baja del desempleo por encima del objetivo de una inflación baja?

La inflación como un conflicto distributivo

La tendencia de la inflación, tanto en Argentina como en América Latina, es un fenómeno asociado con factores de costo (tipo de cambio, precios internacionales) y de conflicto distributivo (salarios y ganancias) como revela un amplio estudio reciente de Cepal (Comisión Económica para América Latina) sobre 11 países de la región ( ver CEPAL ). En general, puede entenderse como un conflicto sobre la distribución del excedente generado, donde la variable que lidera el proceso inflacionario termina con una porción mayor del excedente y esto determina un cierto resultado distributivo.

Podemos ilustrar este punto considerando las grandes etapas recientes de la inflación argentina.

* 1991-2001: en la etapa del plan de Convertibilidad coexistieron una inflación muy baja, con salarios decrecientes y estancados y un muy alto desempleo. La participación de los asalariados en el ingreso disminuyó y se estabilizó en un nivel más bajo, mientras los niveles de pobreza aumentaron considerablemente. En 2002 una fuerte devaluación acentuó aún más la regresividad distributiva, reduciendo aún más los salarios y aumentando la rentabilidad promedio de la economía. En toda esta etapa, el control de los salarios monetarios fue la llave para mantener una inflación muy baja. A su vez, este control fue posible gracias al mantenimiento de altas tasas de desempleo que funcionaron como factores «disciplinadores» de los conflictos salariales (ver gráfico).

Fuente: Elaboración propia en base a Nueva Mayoría e Indec.

* 2003-2015: en esta etapa aparecen asociados una inflación creciente con aumentos persistentes del salario real. Ni el nivel de la inflación, ni el ritmo de crecimiento del salario real tienen parangón en la región. Asimismo, hubo una pronunciada reducción del desempleo, acompañada de una mejora de la participación de los trabajadores en el ingreso y una disminución de la pobreza. Todo este proceso admitió una reversión parcial en 2014, cuando se produjo una gran devaluación.

Como muestra el estudio de Cepal antes mencionado, buena parte de la inflación de esa etapa estaba motorizada por la suba de los costos laborales, porque en la economía el salario no solo es la fuente de ingresos de los trabajadores y trabajadoras, sino que también es un costo de producción para las empresas. Por ende, la suba de los salarios nominales por encima del alza promedio de los precios producía inflación (por su impacto en los costos de producción), pero esa inflación no podía erosionar completamente los aumentos en términos reales.

* 2016-2019: en esta etapa el tipo de cambio y las tarifas fueron las variables que motorizaron la inflación, con los salarios nominales creciendo sistemáticamente por detrás de los precios (excepto en la breve etapa electoral de 2017). Pese a que terminó en una crisis, este resultado distributivo fue un objetivo explícito de la política económica, focalizada en el aumento de la rentabilidad de las empresas y la reducción del costo laboral con el fin de estimular la inversión (política que más tarde se reveló como un fracaso). El desempleo y la pobreza aumentaron, y empeoró la distribución del ingreso.

Fuente: Elaborado en base a Graña & Terranova (2020) e Indec.

* 2020-2021: en esta breve etapa, la inflación estuvo muy influenciada inicialmente por el tipo de cambio y más recientemente por una importante suba de los precios internacionales de las commodities que exporta el país. Estos factores han dificultado la recuperación salarial, especialmente en el contexto de crisis impuesto por la pandemia, que llevó tanto a un elevado desempleo como a un aumento de la pobreza.

Los resultados distributivos de los distintos episodios inflacionarios revelan que un desempleo muy alto disminuye sustancialmente el poder de negociación de los sindicatos y, en general, esto se traduce en salarios nominales (o monetarios) menores sea cual fuera la tasa de inflación. La convertibilidad es un ejemplo: muy baja inflación con salarios nominales estancados, aumento del desempleo y la pobreza, y empeoramiento de la distribución del ingreso.

Pero una inflación muy alta no tiene como contrapartida necesaria salarios reales más altos. Eso depende de qué variable está motorizando la inflación. Si son los salarios los que toman la delantera, eso dará un cierto resultado distributivo (como en 2003-2015), pero si los motores inflacionarios son el tipo de cambio y las tarifas llevará a una resultado bien diferente (como en 2016-2019). Por último, el alza de los precios internacionales funciona de modo análogo a una devaluación, porque encarece el precio de los alimentos que son bienes que integran la canasta de los asalariados. La diferencia con una devaluación es que es un episodio ajeno a la política económica y a la dinámica interna. Y cuando se produce en un contexto de alto desempleo, dificulta la recuperación de los salarios.

Obsérvese que en todos los casos, aún con distintos niveles de inflación, un factor crucial para la dinámica del salario nominal (y real) es el nivel de desempleo, algo que explica el resultado que encontró Jayadev y permite entender el núcleo racional de las preferencias de los trabajadores.

 

La inflación se desaceleró al 3,7% en mayo

La inflación de las y los trabajadores se desaceleró al 3,7% en mayo (0,4 puntos por debajo
del registro de abril). De este modo, acumuló un 20,9% en lo que va del año y 49,4% en los
últimos doce meses, lo que representa una suba de casi 15 puntos porcentuales respecto a
noviembre pasado.
La inflación de mayo estuvo motorizada en primer lugar por Vivienda (+5,2%), en un mes en
donde se produjeron aumentos de electricidad promedio del 9% en zonas como el Área
Metropolitana de Buenos Aires. En segundo lugar, el rubro de Comunicaciones se encareció
4,5%, explicado por subas en servicios de telefonía celular de la misma magnitud. Salud
trepó 4,0%, en un mes en donde volvió a haber aumentos de prepagas.
Alimentos y bebidas subió muy parecido a la media (3,8%). Dentro de este capítulo, el que
más incide en la canasta, las mayores subas se produjeron en verduras (+7,3%), en gran
medida por lo ocurrido por el tomate (+27,2% el redondo). Las carnes registraron una
desaceleración y treparon 3%.
Por debajo del nivel general encontramos a Recreación y cultura, que trepó 3,5% impulsado
por alimentos para mascotas que subió por encima del 20% por segundo mes consecutivo.
Otros bienes y servicios se encareció 3,4%, traccionado por pañales para bebés (11,4%).
Equipamiento y mantenimiento del hogar subió 3,4% y Transporte lo hizo en 3,3% (la nafta
super subió 5,1% y explicó parte de la suba). Por último, Educación subió 2,4% (mayormente
por útiles escolares y cursos de educación informal) e Indumentaria y Calzado lo hizo en
1,9%.
Mayo se caracterizó a nivel nacional por el cierre de las exportaciones de carne vacuna, cuya
inflación en moneda doméstica fue del 74,1% interanual. Más allá de la coyuntura -en
donde incide un gran aumento de la demanda china sobre una producción que creció
moderadamente en los últimos tres años-, en el largo plazo el precio doméstico de la carne
viene subiendo muy por encima del resto de los precios. El kilo de asado se multiplicó por
más de 180 veces desde fines de 2001, casi el doble que lo que subió el dólar, y muy por
encima de otras proteínas como la aviar y la porcina. La razón del profundo encarecimiento
de largo plazo de la carne -que hizo que en los últimos meses el poder de compra en kilos de
asado fuera el menor desde por lo menos 1995- obedece a una producción estancada en
términos tendenciales. Con una población argentina que crece al 1% anual y una producción
ganadera estancada, el resultado ha sido una baja de la producción per cápita y, por ende,
una suba del precio que ha redundado en una reducción del consumo per cápita, que en
2020 fue el menor desde 1920. Sin embargo, el panorama luce muy diferente si se incorpora
lo ocurrido con la carne aviar y la porcina, cuya producción creció sostenidamente desde los
’90 (y muy por encima del crecimiento poblacional). Esa mayor oferta permitió precios más
accesibles, que, a su vez, explican un rápido aumento del consumo de estas proteínas.

La tasa de fragilidad social ascendió al 19,6% de la población en el tercer trimestre de 2020.

La tasa de fragilidad social ascendió al 19,6% de la población en el tercer trimestre de 2020.

La tasa de fragilidad social ascendió al 19,6% de la población en el tercer trimestre de 2020. Al distinguir entre el origen de dicha fragilidad, se tiene que la tasa de fragilidad por ingresos fue del 8,3% -no pobres pero con ingresos levemente superiores a la Línea de Pobreza de período- unos 2,2 pp por encima del valor del 3t-2019; al tiempo que la tasa de fragilidad estructural -es decir aquella proporción de la población que no sólo posee bajos ingresos sino que, además, detenta ciertas características sociodemográficas y laborales altamente asociadas con la pobreza que incrementan sensiblemente sus chances de pasar a engrosar la población pobre en contextos económicos desfavorables- alcanzó el 11,2%, reduciéndose 2,6 puntos frente al mismo trimestre del año anterior. En términos de composición, del 19,6% de frágiles, un 58% es frágil estructural, lo que señala la relevancia de sostener y mejorar las condiciones económicas y laborales necesaria para que esa población no plenamente integrada caiga en la pobreza.

La inflación de las y los trabajadores fue del 3,9% en marzo de 2021

La inflación de las y los trabajadores fue del 3,9% en marzo de 2021

La inflación de las y los trabajadores fue del 3,9% en marzo, acelerándose levemente respecto al 3,7% de febrero. De este modo, en el primer trimestre, la inflación acumulada fue del 12%, en tanto que en los últimos doce meses fue del 41,8%. Si en los próximos meses la inflación se desacelerara al 3% mensual, 2021 cerraría con un alza de precios del 46,1%. Para que la inflación de 2021 cierre por debajo del 40%, es necesario que los precios aumenten no más del 2,5% mensual en los 9 meses que siguen. El capítulo que más subió en marzo fue “Enseñanza” (13%), debido al inicio del año escolar (en febrero había subido previamente un 5%). En segundo lugar, “Otros bienes y servicios” trepó un 5%, impulsado en buena medida por el alza del 9% en cigarrillos. En tercer orden, “Equipamiento y mantenimiento del hogar” se encareció 4,8%; rubro que viene experimentando las mayores subas en los últimos meses, debido particularmente a lo que ocurre con muebles y electrodomésticos. En marzo, incidieron en este capítulo alzas del 9,2% en servicio doméstico, del 5,2% en jabón en polvo y lavandina, y del 8% en frazadas. «Alimentos y bebidas», el capítulo de mayor incidencia en la canasta de las y los trabajadores, volvió a subir por encima del promedio: 4,8%. La nota la dieron las verduras (7,2%, principalmente por el tomate) y la carne (5,9%), con aumentos superiores al resto de los alimentos. Por debajo del nivel general encontramos a “Esparcimiento”, con un 3,8%. En este caso, repercutió la suba de los cines (las reaperturas vinieron con aumentos del 20% promedio), en la TV por cable (4,5%) y de los paquetes turísticos para viajar al exterior (14,8%). “Indumentaria y calzado”, por su parte, anotó una suba del 3,2%, impulsada por calzado deportivo (7,4%), joggings (7,7%) y remeras para hombres (4,4%). En capítulo “Salud” aumentó un 2,5%, aún cuando no hubo subas en prepagas (que sí presionarán sobre el índice en abril y mayo). Las alzas respondieron a subas en medicamentos. Luego, “Transporte y comunicaciones” se encareció 2,2%; las tarifas del transporte público continúan congeladas, de modo que los aumentos se concentraron en los vehículos de transporte personal, como autos cero kilómetro (3,8%), motos (3,3%) y nafta (4,5%), y también en pasajes aéreos (37%). Por último, “Vivienda” volvió a ser el capítulo de menores subas (0,9%). Con tarifas de electricidad, gas y agua congeladas, las alzas se debieron mayormente a materiales de construcción y albañilería.
En el plano de la actividad económica, la situación luce incierta respecto al impacto de la segunda ola de COVID-19. En los últimos meses, la actividad productiva mostró signos de recuperación, que ahora se ven comprometidos por la virulencia del rebrote de contagios. Dentro de esos signos resaltan la producción industrial (que creció 2,9% interanual en el primer bimestre del año, prepandemia) y la construcción (que creció 23%). El resto de las actividades (muchas de las cuales estuvieron muy afectadas en 2020) exhibieron mejoras en el verano que acaba de concluir. Por ello, en enero, el conjunto de la economía se expandió 1,9% mensual, y se ubicó 1,3% por debajo de febrero de 2020, lo que representa la menor caída desde el inicio de la pandemia. Esa mejora en la actividad económica se plasmó a su vez en el empleo asalariado formal privado, que de acuerdo al Ministerio de Trabajo creció con fuerza en enero (0,3% mensual, la mayor variación desde 2015). Aunque a priori es poco probable volver al escenario de abril de 2020 -de cierre total y prolongado por más de un mes- dado que existen aprendizajes en las empresas y en los trabajadores y trabajadores, y también debido a que la campaña de vacunación tomó mayor ritmo en las últimas semanas, está claro que la segunda ola vino a jaquear este escenario de recuperación. La pregunta, todavía muy incierta, es en qué medida lo hará, qué nuevas restricciones se implementarán para contener la ola de contagios, y por cuánto tiempo durarán tales restricciones en caso de ser implementadas. También, cuál será el poder de fuego (en términos económicos) que tendrá el Estado para mitigar el daño de la pandemia, habida cuenta de que la situación -tanto a nivel de las empresas, como de los hogares y del propio Estado- es más frágil que la de hace un año atrás.

En febrero de 2021 la inflación fue del 3,7%

La inflación fue del 3,7% en febrero de 2021

La inflación de las y los trabajadores fue del 3,7% en febrero, desacelerándose ligeramente después del 4,3% de diciembre y el 4,0% de enero. De este modo, en el primer bimestre la inflación acumulada fue del 7,8%, en tanto que en los últimos doce meses fue del 40,9%. La inflación interanual volvió a superar el 40% después de cinco meses en el rango entre 35-40%. Prácticamente la mitad de la inflación de febrero se explicó por lo ocurrido en Alimentos y Bebidas, que se encareció 4,6%. Las frutas y las verduras volvieron a ser determinantes en este comportamiento, con subas respectivas del 7,3% y 9,4%. Otro capítulo que registró alzas importantes en febrero fue Enseñanza (5,0%), coincidente con el reinicio del ciclo lectivo. Es de esperar que en marzo se produzcan nuevos aumentos en este rubro, ya que suele ser en el tercer mes del año donde más se concentra la actualización de cuotas de colegios y universidades. Equipamiento y Mantenimiento del Hogar fue otro de los rubros con alzas destacadas en febrero, con un 4,6%. Incidieron aquí alzas promedio del 7% en servicio doméstico, pero también del 4% en muebles y del 4,2% promedio en productos de limpieza, tales como detergentes, escobas y esponjas. Otro capítulo que subió por encima del nivel general fue Otros Bienes y Servicios subió 4,2%. Aquí incidieron particularmente subas en pañales (14%), peluquerías (9%) y desodorantes (7%). Por debajo del nivel general encontramos a Indumentaria y Calzado, que subió 3,6% y Salud, que lo hizo en 3,4%, en buena medida por lo ocurrido con medicamentos (3,7%) y consultas odontológicas (18%). Por último, Esparcimiento, Transporte y Comunicaciones y Vivienda fueron los capítulos con alzas más moderadas (todas por debajo del 2%). Esparcimiento se encareció 1,9% en febrero, debido a que el fin de la temporada alta (que implicó que los paquetes turísticos bajaran de precio) amortiguó las subas del 7% en alimentos para mascotas y del 20% en gimnasios. En el caso de Transporte y Comunicaciones, la suba promedio fue también del 1,9%; incidieron aquí alzas del 6,2% en autos cero kilómetro y del 5,2% en combustibles. En tanto, Vivienda trepó 1,3%, y se explica por el congelamiento tarifario aún vigente, que permitió atenuar aumentos en rubros como alquileres (2,2%) y materiales de construcción (4,5%).
De cara a los próximos meses, la dinámica de la inflación se asociará estrechamente a la dinámica del precio del dólar (que en las últimas semanas empezó a morigerar el ritmo de devaluación diario), los precios internacionales de los commodities, las tarifas de servicios públicos (congeladas desde hace ya más de un año) y las expectativas (que procuran ser coordinadas por medio del Consejo Económico y Social). Si la inflación del resto de 2021 fuera del 3,5% mensual (equivalente a la del último semestre), la inflación acumulada en 2021 alcanzaría el 52,1%. Si la inflación mensual pasara a ser del 3% en los próximos meses, la inflación acumulada sería del 44,9%. Para que baje del 40% interanual, la inflación de los próximos meses debería ser inferior al 2,6% mensual. En tanto, para que sea inferior al 30%, la inflación mensual de aquí en más debería menor al 1,9%. En el terreno de la actividad económica el año comenzó con algunos signos de recuperación destacables. La producción industrial creció 4,4% interanual en enero y se ubicó en el mayor nivel desde mediados de 2018, lo que, en otros términos, implica que no solo recuperó lo perdido por la pandemia sino que incluso está operando por encima de los niveles de 2019. La construcción también tuvo un arranque positivo del año, con alzas del 23,3% en términos interanuales, y ubicándose por encima de los niveles prepandemia. Estas mejoras empiezan levemente a dar sus frutos en el plano del empleo formal en ambas ramas de actividad. No obstante, los reducidos (aunque gradualmente crecientes) niveles de actividad que presentan ramas como el turismo, cines, teatros, transporte y otras actividades de esparcimiento están impidiendo que la recuperación del empleo formal privado se consolide. Estas ramas continúan siendo expulsoras netas de empleo y, hasta ahora, han neutralizado las mejoras registradas en la industria y la construcción. Sin embargo, como dato positivo, sobresale la caída sostenida en la tasa de suspensiones (que había tocado un récord histórico en abril-mayo pasado) y la suba de las relaciones laborales activas. La generación neta de empleo solo podrá ser vigorosa una vez que la tasa de suspensiones haya retornado a un nivel normal, ya que resulta improbable que empresas que estén aplicando suspensiones creen nuevos puestos de trabajo.

Durante el segundo trimestre de 2020 la tasa fragilidad social a nivel nacional alcanzó el 19,4%.

Durante el segundo trimestre de 2020 la tasa fragilidad social a nivel nacional alcanzó el 19,4%.

En este período en el que se sintió plenamente el impacto de la pandemia del COVID-19 sobre la economía nacional, la tasa fragilidad social a nivel nacional alcanzó el 19,4%. Tomando en cuenta que durante el mismo período las tasas de indigencia y pobreza alcanzaron el 12,4% y 34,6%, resulta que en dicho período la proporción de población no integrada socialmente (PNIS) en forma plena fue del 66,4%. Así, surge que entre los segundos trimestres de 2019 y 2020 la tasa de PNIS se incrementó en7,8 puntos, fenómenos que se explica por incrementos de 4,3 y 6,2 puntos en las tasas de indigencia y pobreza, y una reducción de 2,8 puntos en la tasa de fragilidad social. Nótese que dicha caída da cuenta que, ante la emergencia abrupta de un contexto económico más adverso, aquella porción de la población que vivía en condiciones de fragilidad social pasó a engrosar la tasa de pobreza.

Para el segundo trimestre del 2020 a nivel nacional la fragilidad laboral alcanzó los 45,2 puntos.

Para el segundo trimestre del 2020 a nivel nacional la fragilidad laboral alcanzó los 45,2 puntos.

Lo que implica que el funcionamiento del mercado laboral se encontró, a mediados del corriente año, prácticamente a mitad de camino entre los escenarios de extrema y nula fragilidad. Este resultado no puede disociarse del período de excepcionalidad que se encuentra atravesando el mundo a raíz de la crisis sanitaria del COVID-19, así como tampoco puede realizarse interpretación alguna del mercado de trabajo en el contexto actual sin tomar en consideración la profundidad de las reconfiguraciones en las jornadas laborales y los procesos de trabajo derivados de las disposiciones de distanciamiento social. No obstante ello, la dinámica de fragilidad laboral inicia una tendencia al alza desde el tercer trimestre de 2018 en Argentina. De forma que el cimbronazo de la pandemia tuvo lugar sobre un mercado laboral signado por déficit de empleo, creciente precariedad y desigualdad en los ingresos de la población trabajadora.

De los pecados de la carne (al cierre de exportaciones)

De los pecados de la carne

(al cierre de exportaciones)

Por Fabián Amico (IET CITRA-UMET)

El gobierno decidió suspender por un mes las exportaciones de carne vacuna, en un intento de contener la suba de precios que se viene registrando en los últimos meses. La suspensión de las exportaciones formaría parte de la instrumentación de un conjunto de medidas de emergencia procurando el reordenamiento del sector al tiempo que se restringen prácticas especulativas y se evitan las operaciones de evasión en el comercio exterior. Ciertamente, el precio (promedio) de la carne venía creciendo bien por encima de la inflación de alimentos y esa tendencia se exacerbó desde diciembre pasado (ver gráfico), llegando a crecer más de 70% en la comparación anual.

Indice de precios al consumidor y precio de la carne (variación % anual)

Fuente: Indec.

* El «Precio de la carne» es el promedio simple del precio (minorista) por kg de asado, carne picada, cuadril, paleta y nalga registrado por el Indec.

Se argumentó en el debate público que el problema de la inflación de alimentos tiene estrecha relación con el alza de los precios internacionales de las commodities primarias. Dado que nuestro país toma como un dato exógeno los precios de los productos primarios que exporta (es «tomador» de precios), eso implica que el nivel de precio interno del bien debe seguir de cerca al nivel de precio internacional multiplicado por el tipo de cambio nominal (neto de eventuales retenciones y subsidios).

Un precio doméstico mayor al internacional no sería perdurable, porque sería más barato importar el bien. Lo contrario tampoco sería sostenible: los productores nacionales obtendrían un ingreso más alto por las exportaciones que por vender al mercado interno, lo que forzaría la inflación del precio doméstico. Así, sin interferencia oficial, la inflación internacional se traslada más o menos automáticamente a los precios domésticos. Sin embargo, un aspecto curioso es que, en el caso de la carne, los precios de referencia a nivel internacional se mantuvieron relativamente estables y de ningún modo pueden explicar las fuertes alzas del precio interno.

¿Será que la suba de precios se debe a un exceso de demanda doméstica? No parece ser el caso ya que debido al estancamiento relativo del consumo y la lenta recuperación salarial, el consumo por habitante está en el nivel más bajo de los últimos años, algo menos de 50 kg anuales por persona (ver gráfico). 

Fuente: Ministerio de Agricultura.

Existen (al menos) dos explicaciones mucho más plausibles para explicar esta tendencia del precio de la carne. Desde hace algunos años se abrió un pujante mercado de exportación de carnes argentinas hacia China, algo que junto con el intenso proceso de devaluación de los años 2018 y 2019 ofreció la promesa de atractivas ganancias. Esto atrajo a jugadores desde otros sectores en busca de oportunidades rentables para invertir.

El punto es que el proceso de producción de carne es mucho más lento que en otros sectores. La vaca es al mismo tiempo un bien de consumo final y un «bien de capital» (ya que se usa para «hacer» vacas). Cuando alguien invierte en el sector, debe retirar animales de la oferta del periodo (hay menos vacas para consumo) y mantenerlos durante todo el proceso de reproducción. Este ciclo se caracteriza por su lentitud, determinada en buena medida por el ciclo biológico del animal. Entre la decisión de aumentar la producción y el aumento efectivo de la oferta deben pasar casi tres años. Así, un aumento muy rápido de la demanda externa se traduce necesariamente en una fuerte presión sobre el precio interno (hoy el 75% de las exportaciones de carne tienen a China por destino).

La segunda explicación viene del lado de los costos y refuerza el efecto anterior. Para criar y engordar el ganado hay que alimentarlo. Un componente principal de la dieta es el maíz. Como explicamos antes, dado que Argentina exporta maíz, el precio interno de este bien sigue de cerca la cotización internacional traducida en pesos (es decir, multiplicada por el tipo de cambio nominal). Cuando se observa cómo evolucionó el precio internacional del maíz medido en pesos surge un fortísimo impacto de la inflación internacional sobre los costos de producción de la carne, ya que el precio resultante se ubica bien por encima del precio doméstico de la carne y lo impulsa incesantemente hacia arriba (ver gráfico).

Fuente: INDEC y FMI

¿Qué se puede hacer ante esta situación? La suspensión de las exportaciones puede atenuar un poco el problema, pero es una medida de muy corto plazo (30 días) y además implica renunciar a los dólares que generan esas exportaciones. Otra posibilidad sería aumentar las retenciones a las exportaciones de maíz justamente para provocar una diferenciación entre el precio internacional y el precio interno, y suavizar el impacto en los costos de producción del ganado (y otros bienes). Aquí existe un problema político: las retenciones actuales al maíz son del 12% y pueden aumentar hasta 15% (máximo) por decisión del gobierno. Para un porcentaje superior, el aumento debe tener aprobación parlamentaria.

Una tercera opción sería bajar más rápido la tasa de devaluación (es decir, que el precio del dólar crezca más lentamente). De ese modo, el precio internacional se trasladaría al precio interno a un ritmo cada vez menor. Una cuarta herramienta sería subsidiar los aumentos de costos producidos por el alza de precio del maíz. En suma, cualquiera sea el menú de herramientas se impone alguna política más consistente que evite el alza descontrolada del precio de los bienes que conforman la canasta de los asalariados y restringen las posibilidades de recuperación de los ingresos.