Un premio para el salario mínimo (y aquí no ha pasado nada)

Por Fabián Amico

Los economistas David Card, Joshua Angrist y Guido Imbens obtuvieron el premio Nobel de Economía 2021. Los tres académicos tienen en común haber realizado un cambio metodológico con el uso de “experimentos naturales” en la investigación empírica de los efectos de la política económica. Card, en particular, se destacó por sus investigaciones sobre los efectos de la suba del salario mínimo sobre el empleo en un trabajo junto con Alan Kueger en 1994 ( Ver https://www.nber.org/papers/w4509).


Estos experimentos “naturales” intentan acercarse a los ensayos clínicos que evalúan, por ejemplo, la eficacia de nuevos medicamentos, separando de forma aleatoria a distintos grupos sometidos a pruebas. En ciencias sociales puede ser difícil o éticamente inadmisible la realización de estos experimentos. Pero se pueden utilizar situaciones surgidas de la vida real que luego pueden ser estudiadas para analizar relaciones de causa a efecto.


Es el caso estudiado por Card y Krueger. En 1992 hubo un aumento del salario mínimo de Nueva Jersey. Para evaluar el impacto de la ley sobre el empleo, compararon la situación del mercado laboral en la zona fronteriza entre los estados de Nueva Jersey (donde había aumentado el salario mínimo) y el de Pensilvania (donde se mantuvo sin cambios). Al focalizarse en una zona geográfica homogénea, encuestaron varios centenares de locales de comida rápida en Nueva Jersey y el este de Pensilvania antes y después del aumento. Estas investigaciones de Card y Krueger pudieron mostrar que la subida del salario mínimo no había generado un descenso del número de empleados. Incluso mostraron que el empleo había aumentado algo más en Nueva Jersey que en Pensilvania.


Es interesante describir sintéticamente la trayectoria de David Card entre la publicación del paper y la recepción del premio. Como escribió hace unos años Christopher Hayes en The Nation (Ver: https://www.thenation.com/article/archive/hip-heterodoxy/ ) los ortodoxos son un grupo muy unido y suelen penalizar a los que traspasan los límites. Hayes mostró cualquiera que se desvíe de la sabiduría convencional está en peligro de ser condenado al ostracismo.
Cuando Card, un economista entonces muy estimado de la Universidad de California, anunció los resultados de sus investigaciones fue casi de inmediato criticado por su herejía. El trabajo atrajo tal cantidad de críticas, que el propio Card abandonó en gran medida esa línea de investigación. En una entrevista de 2006, explicó su decisión de dejar el tema atrás de esta manera: “Posteriormente, me he mantenido alejado de la literatura sobre el salario mínimo por varias razones. Primero, me costó muchos amigos. Las personas que conocía desde hacía muchos años, por ejemplo, algunas de las que conocí en mi primer trabajo en la Universidad de Chicago, se enojaron o decepcionaron mucho. Pensaban que al publicar nuestro trabajo estábamos siendo traidores a la causa de la economía en su conjunto” ( Ver

https://www.minneapolisfed.org/article/2006/interview-with-david-card).

Ante reacciones como estas, el conocido economista Dani Rodrik llegó a preguntarse: “¿la economía neoclásica es una mafia?” ( Ver

https://rodrik.typepad.com/dani_rodriks_weblog/2007/05/is_neoclassical.html ). Quizás la palabra mafia suene exagerada, pero como admite Hayes hay algo similar a un código de La ley del silencio (u omertá en el lenguaje mafioso siciliano) dentro de la disciplina. De hecho, más recientemente empezaron a publicarse trabajos que cuestionaban el resultado de Card y Krueger. Por ejemplo, David Neumark emprendió casi una cruzada contra los resultados de Card y Krueger y encabezó una investigación alternativa. La justificación fue que en su estudio accedió a una base de datos mucho más rica que en los trabajos anteriores. Y obviamente la conclusión fue que aumentar el salario mínimo perjudicaba, en vez de beneficiar, a los trabajadores de menores recursos.


El trabajo se jactó de reivindicar lo que la teoría y el “raciocinio económico” vienen diciendo desde hace décadas: subir los salarios mínimos tiene un costo en términos de empleo. En verdad, Card y cia nunca se propusieron contradecir la teoría establecida, la cual nunca estuvo en tela de juicio. Las reacciones antes este resultado paradojal siguen la rutina de una larga lista de resultados empíricos “perversos” que luego serán explicados mediante la misma teoría. Es lo que viene ocurriendo en teoría económica desde Keynes: cada investigación relevante, cada caso “perverso”, es capturado por la visión dominante y de algún modo subsumido en el mismo cuerpo teórico. Lo irónico es que algunos analistas consideran esto como una prueba de que “no hay una sola voz en la profesión” y que realmente se confrontan enfoques alternativos.

¿Qué piensan los economistas de la corriente principal sobre el salario mínimo?


El profesor David Colander, en una actualización de un análisis realizado en 1987 en de «The Making of an Economist», preguntó a los estudiantes de posgrado qué pensaban sobre varios temas económicos de seis programas principales. Uno está relacionado con sus opiniones sobre el salario mínimo: un tercio piensa que es malo, mientras que un poco menos de una cuarta parte piensa que está bien.
La tabla incluida en el libro (ver abajo) muestra las opiniones de entonces (1987) y las más recientes (2005), por fechas de publicación, sobre si el salario mínimo aumenta el desempleo entre los trabajadores jóvenes no calificados. La evidencia parece sugerir que en general no hay mucho cambio, con un 34% en ese entonces y un 33% ahora de acuerdo con la propuesta neoclásica convencional.

Fuente: David C. Colander, David Colander, Arjo Klamer, The Making of an Economist, Redux, Princeton University Press, 2007.

Pero, como sugiere Matías Vernengo ( Ver http://nakedkeynesianism.blogspot.com/2014/03/what-do-mainstream-economists-think.html ) , las razones del cambio de opinión, por pequeñas que sean, no están relacionadas con las fallas lógicas del modelo convencional. Ni siquiera parecería deberse a la evidencia creciente desde la publicación del análisis de Card y Krueger. Vernengo supone que ha sido la tremenda desigualdad de ingresos existente lo que ha influido en la inclinación de los estudiantes de rechazar las conclusiones de la teoría que se les enseña.
En síntesis, el trabajo de Card y Krueger no tuvo mayor impacto en la visión teórica imperante en la profesión, pese a que el resultado era desafiante e iba en contra de las predicciones de la teoría utilizando un procedimiento empírico difícil de cuestionar.


¿Y por casa?


A comienzos de 2010, los economistas Guillermo Cruces, Sebastian Galiani y Susana Kidyba publicaron un estudio empírico que analizaba el efecto de los cambios en los impuestos sobre los salarios y el empleo en Argentina ( Ver

https://www.cedlas.econo.unlp.edu.ar/wp/wp-content/uploads/doc_cedlas93.pdf ) . Los resultados revelaron que los cambios en las tasas de impuestos sobre el trabajo no tenían ningún efecto significativo sobre el empleo. Muy en línea con los resultados relativos al salario mínimo, las modificaciones en el costo de contratación (aportes patronales) no mostraban incidencia en el nivel de empleo.
Unos años después, Sebastián Galiani fue viceministro de Economía (entre 2017 y 2018) como segundo de Nicolás Dujovne. Sorprendente, en 2017 propuso una reforma del sistema de aportes patronales (una reducción) a fines de bajar los costos laborales y favorecer la contratación de trabajadores menos calificados ( https://www.infobae.com/economia/2017/11/02/el-cerebro-detras-de-la-reforma-impositiva-contesta-las-dudas-sobre-los-cambios-que-se-vienen/ ). Por si acaso, aclaremos: el Galiani de 2017 es el mismo de 2010…


Esto revela una suerte de inmunidad de la profesión frente a los resultados de investigaciones empíricas o históricas. De modo análogo a los resultados recolectados por Colander, aquí las opiniones sobre los efectos que los costos de contratación (salario mínimo, impuestos al trabajo, etc.) tendrían sobre el empleo no cambian, aunque sistemáticamente los resultados empíricos indiquen lo contrario.
De hecho, distintos estudios confirman que el fortalecimiento del salario mínimo fue uno de las causas de la mejora distributiva en distintos países de la región en años recientes. Pero fue más que eso. Frente al argumento de que el aumento del salario mínimo promovería la informalidad, una trabajo de Roxana Maurizio publicado por Cepal demostró que en tales países (como Argentina y Brasil, y con menor intensidad Uruguay) hubo un importante proceso de formalización al tiempo que el crecimiento del empleo se aceleraba y el salario mínimo aumentaba significativamente ( https://www.cepal.org/es/publicaciones/37208-impacto-distributivo-salario-minimo-la-argentina-brasil-chile-uruguay ) . Estos resultados confirman trabajos previos como el de Fernando Groisman, apuntado a investigar el efecto del salario mínimo en el mercado de trabajo. La evidencia aportada reveló que las modificaciones en el salario mínimo no contrajeron la demanda de empleo ni incentivaron la precariedad laboral ( https://ojs.econ.uba.ar/index.php/REPBA/article/view/407 ).

Salario mínimo y empleo en Argentina


Cuando se observa la evolución reciente del salario mínimo en términos reales se comprueba un desplome a partir de 2016 (ver gráfico abajo). En el mismo lapso, mientras el salario mínimo real se derrumbaba, el índice de empleo total también colapsaba.

La asociación empírica en las variaciones de cada variable (salario mínimo y empleo) no solo es alta (el coeficiente de correlación es 0.61), sino que es positiva: más empleo se relaciona con mayor salario (lo mismo ocurre con el salario real promedio).

¿Qué significa el salario mínimo?


La idea de un salario mínimo incorpora una dimensión ética y político-institucional en la estructura y el nivel de las remuneraciones de los trabajadores. Esto responde a una lógica subyacente de funcionamiento del sistema económico en el cual la distribución del ingreso (y los salarios reales) no son una variable determinada irreversiblemente por la tecnología y el mercado (las célebres curvas de oferta y demanda) sino que es una dimensión abierta a muy amplias influencias no solo económicas, sino también políticas y culturales.
Básicamente la parte que se llevan los trabajadores en el excedente generado no está predeterminada mecánicamente ni por la tecnología ni por el mercado, ni existe una relación sistemática y necesaria entre el crecimiento y la distribución. En este marco, dada una cierta estructura técnica de la producción, las tasas de beneficio aparecen inversamente relacionadas con la participación de los salarios en el ingreso, y la distribución suele ser un terreno de conflicto más que un mundo donde impera la armonía social.


El nivel de los salarios es así el resultado de una negociación cuyo resultado final depende del poder relativo de las partes y por ende está también muy influido por la orientación de los gobiernos, el momento del ciclo económico (auge o recesión) y las condiciones internacionales. En particular, el momento del ciclo económico es importante porque la trayectoria del nivel de actividad determina si el desempleo es más alto o más bajo, lo que puede condicionar de manera decisiva el poder de negociación de los trabajadores.


En un contexto tal, donde no existe una tendencia espontánea del mercado (oferta y demanda) hacia el pleno empleo, se pueden generar (y de hecho se generan) amplias segmentaciones en los mercados de trabajo, en particular puede producirse una desvalorización de los trabajadores menos calificados y una ampliación de la desigualdad intrasalarial.

Instituciones y economía

Del reconocimiento de esas “trampas de pobreza” nace la institucionalización del salario mínimo, usualmente en medio de grandes crisis (como la de los años 30 en Estados Unidos), dejando atrás para siempre la intocable “libertad de contratación”. Hoy es un instrumento vigente en prácticamente todos los países de mundo. Por definición, el salario mínimo introduce un punto de vista puramente moral en la formación de precios y se relaciona con el valor que la sociedad confiere al trabajo, y con la premisa de que ningún trabajador debe vivir en la pobreza.


Lo importante de destacar es que, a diferencia el enfoque convencional (o neoclásico) este punto de vista moral es posible de ser introducido, justamente porque el salario no tiene un valor de equilibrio que garantice el pleno empleo, y porque no existe a priori ninguna relación sistemática entre salarios y empleo. Si el punto de vista ortodoxo fuera correcto, entonces la fijación de un salario mínimo efectivamente sería una “distorsión” que conduciría a resultados artificiales (e insostenibles). Pero el mundo no funciona de ese modo.


Hay varios problemas con la historia convencional dominante (marginalista) sobre los efectos de los salarios mínimos. No existe razón para creer que las empresas contratarán más trabajadores cuando baje el precio de la fuerza de trabajo. El principio de sustitución factorial, en el cual se basa la teoría, no funciona y no existe relación entre la intensidad del uso de un factor de producción (trabajo) y su remuneración (salario real). En términos simples, no hay razón para contratar trabajadores, incluso si sus salarios son más bajos, si no hay demanda para los productos. Y si la economía está creciendo, el empleo tenderá a aumentar aún con salarios crecientes.


Además, en un mercado de trabajo crecientemente segmentado, con sectores informales cada vez más grandes producto de la crisis de los últimos años, la importancia del salario mínimo es mayor aún, ya que puede constituir una referencia para fijar un “piso” salarial y un cierto nivel estable en los mercados “secundarios” de trabajo (trabajadores informales, independientes, etc.). Card y Krueger observaron que en EE.UU. un aumento en el salario mínimo aumentaba el salario promedio y reducía las brechas salariales, produciendo una compresión de las diferencias en la zona baja de la pirámide distributiva y una reducción de la desigualdad salarial.

El salario mínimo como faro y propulsor


Varios economistas estructuralistas, como por ejemplo Carlos Medeiros ( Ver https://www.scielo.br/j/ecos/a/DLLqHvqcsdGHsRSfggvryMD/?lang=pt&format=pdf ) , han mostrado que el salario mínimo puede actuar como un “faro”, es decir, una referencia o piso para las remuneraciones de los trabajadores menos favorecidos, en especial trabajadores independientes, cuentapropistas, etc. Además, el salario mínimo actúa en tal caso como un factor de expansión de la demanda de esos sectores de trabajadores que, a veces, tienen como proveedores a los mismos trabajadores informales o independientes.

Por caso, si se observa la trayectoria de los salarios reales del sector informal que mide el Indec y se lo compara con el salario mínimo (también en términos reales), la correlación es muy cercana.

Así, a contramano de lo que mucha gente piensa, el salario mínimo parece tener una “eficacia” en el mercado de trabajo en Argentina e indudablemente es una herramienta válida, junto a otras, para promover el empleo, la expansión de los ingresos y la disminución de la desigualdad y la pobreza.
Y no solo en Argentina. Recientemente, el presidente de Estados Unidos Joe Biden decidió aumentar 50% en el salario mínimo que debe regir para los contratistas federales, beneficiando a cientos de miles de trabajadores, en un contexto más general de recuperación de los salarios y de reconstitución de los sindicatos y las instituciones laborales. Quizás esto ayude a comprender las razones profundas de la entrega de un premio a quienes hace casi treinta años se dieron cuenta que el salario mínimo no perjudicaba el empleo, aun cuando la teoría no haya cambiado y en la profesión sigan prevaleciendo prácticamente las mismas voces (o el mismo silencio) de siempre.